27 mayo 2010

El Cáucaso más kitsch (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA (texto) / ÁLVARO DEPRIT (fotografía)
VANK (ALTO KARABAJ)

El conductor del taxi se agarra con las dos manos al volante y mantiene su viejo rostro pegado al parabrisas. La niebla es tan espesa que no deja ver más allá de dos metros. Transitamos por una mísera carretera del Alto Karabaj, una tierra agreste y salvaje, poblada por armenios, que en la década de los 90 proclamó su independencia tras una cruel guerra, aunque oficialmente aún pertenece a Azerbaiyán. Es, en suma, un agujero negro en los mapas del mundo.

A los lados de la carretera, los huecos en la bruma a veces permiten ver aventurarse en los campos a aldeanos que aún no se han desecho de las casacas de camuflaje militar. El taxista se detiene en la entrada de un pueblo, señala al frente y anuncia: «Vank». Una estatua soviética asoma por entre los rabos de nube; un hombre guía a un burro que carga leña húmeda.

Caminamos unos metros. Un hilo musical instalado en la calle comienza a vomitar música pop rusa. Los muros están decorados de arriba a abajo con matrículas de automóvil. Todo tiene la apariencia de un sueño irreal. Y, de repente, la boira se disipa y aparece un capricho de la mente humana, una bofetada arquitectónica que deja boquiabierto. Allí, en un pueblo habitado aún por la tristeza y el miedo a la guerra, alguien ha plantado un barco de piedra y cemento.

Levon Hayrapetyan ya no vive en Vank, pero su presencia es como un ente sobrenatural. En su juventud marchó del pueblo para hacer dinero. Trabajó en Arabia Saudí, en Las Vegas y en Rusia. Ahora, cuando regresa, lo hace en helicóptero y protegido por guardaespaldas. Según ha dejado dicho, «cada armenio que vive fuera de la madre patria, sin importar en qué campo haya tenido éxito, debe pagar un impuesto genético al pueblo armenio».

Y en eso ha predicado con el ejemplo: la escuela de Vank, la comisaría de policía, la carretera y un pequeño zoo –con un león cojo, cuatro lobos, cuatro jabalís, tres osos, dos linces y un búho que guiña el ojo derecho– han sido construidos por Hayrapetyan. Es evidente, pues las verjas de cada una de sus inversiones están pintadas en verde y amarillo, –«los colores favoritos del señor Levon», explica una de sus empleadas–. El principal proyecto de Hayrapetyan, sin embargo, son los hoteles.

El edificio con forma de barco, junto a una cascada que desemboca en el río Khachen, es el hotel Eclectica. La barra del bar es un gigantesco acuario, las lámparas son timones, las paredes están talladas en forma de algas y la decoración parece haber sido extraída de los todo a cien y los mercados de conchas de medio mundo. En el restaurante, en cuyas paredes cuelgan máscaras de Van Gogh y cuyos techos están sujetos por enormes atlantes, camareras con uniforme de marinero sirven especialidades armenias y chinas.

Ante el éxito del primer albergue, el empresario ha abierto un segundo templo de lo kitsch, el hotel Sea Stone, presidido por estatuas de burros alados y sirenas masculinas. Detrás del edificio sobresale una garra tallada en piedra. Zara, la directora del establecimiento, nos anima a acercarnos y la visión nos deja estupefactos. El arquitecto ha tallado en la roca la cabeza de un león de varios metros de altura.

Por si fuera poco, al aproximarse, las entrañas de la montaña comienzan a rugir como un gran felino. Hayrapetyan pretende así atraer al turismo, alojar a los visitantes del cercano monasterio medieval de Gandzasar y dar trabajo a los vecinos de Vank. «El señor Levon es una gran persona, ha hecho muchas cosas por nosotros», afirma Zara. Y es cierto. En una zona castigada por la guerra, de la que sus habitantes se ven forzados a emigrar a Armenia o Rusia, las inversiones de este visionario de discutible gusto han permitido que Vank mantenga la esperanza.

Ebrios de experiencias surrealistas partimos de Vank al día siguiente. A la salida del pueblo, advertimos la tumba de un héroe local, un fedayin armenio, joven y barbudo, de la guerra del Alto Karabaj. La lápida está decorada al modo caucásico, con una imagen del muerto a cuerpo entero grabada en el mármol. Sostiene un cigarrillo y, a los pies de la tumba, alguien ha depositado flores y una botella de coñac. Sonríe, el maldito. Parece más vivo que nunca.

No hay comentarios: