11 junio 2010

Crónica desde Stepanakert: Heridas sin cicatrizar de la guerra de los 90 (El Periódico)

Un día, uno de los pacientes del sanatorio acercó su silla de ruedas a la ventana. A finales de los años 80, lo deportaron de su querida ciudad natal, Bakú (Azerbaiyán), por ser armenio, del mismo modo que los armenios expulsaron a los azerís de su territorio. Perdió su cómoda vida a orillas del mar Caspio. Se alistó en las partidas rebeldes armenias que luchaban contra el Ejército azerbaiyano en el Alto Karabaj y lo hirieron en la espina dorsal. Perdió su trabajo y su movilidad. Ese día, agarró una cuerda y la pasó por un hueco del marco de la ventana. Hizo un lazo e inclinó hacia delante la silla de ruedas. Se arrojó al vacío para siempre.

Este suicidio fue un duro golpe para el doctor Vartan Tadevosyan, que lo había tratado durante años. Tadevosyan es un hombre calmo, de barba ligera y ojillos negros, penetrantes. En 1999, dejó atrás Ereván, la moderna capital de Armenia, y marchó a Stepanakert, la capital de la autoproclamada República del Alto Karabaj, para dirigir un centro de rehabilitación recién abierto. La guerra había dejado a miles de personas tullidas, resultado de la desesperación, la violencia ciega y la vorágine que se desató en el Cáucaso durante los años 90.

En Stepanakert aún quedan cicatrices del conflicto. En las calles, embarradas y comidas por la vegetación, las casas se erigen como montones de cemento, uralita y todos aquellos materiales con que sus habitantes han arramblado de las localidades abandonadas por los azerís. Por eso, el Centro de Rehabilitación Lady Cox es un remanso de paz para inválidos y discapacitados.

Tadevosyan ayuda a un anciano cuyas piernas no responden a practicar ejercicios en una pileta. «Mi mujer es de Ereván y esto no le gusta, pero sabe que el cariño que recibo de mis pacientes es un tesoro», explica. Según el doctor, los traumas bélicos van quedando atrás. Tras la apertura del centro, la mayoría de sus usuarios eran heridos de guerra. Ahora son solo uno de cada cuatro. Aun así, cada año, las minas y los disparos de los francotiradores en el inmóvil frente causan más bajas y parálisis.

Tadevosyan se viste y observa los movimientos de Eddy, un veterano en silla de ruedas que se prepara para una competición de halterofilia. Cayó malherido en 1993, pero no se arrepiente. «Estoy orgulloso de haber participado en la liberación de mi tierra». ¿Y no teme haber matado en las trincheras a algún conocido azerí? «Tenía vecinos, pero no amigos». «¿Cómo que no tenías amigos azeríes?», le regaña Tadevosyan. «Todos teníamos algún amigo azerí».

«¡Es tan descorazonador que ahora nos veamos como enemigos. Hace solo unos años éramos compatriotas!», se lamenta el terapeuta. «Antes era deportista. Viajábamos por toda la URSS. En un viaje a Tayikistán en 1982, un viejo nos gritó: '¡Iros a vuestro país!'. Nosotros nos burlamos de él, pues todos éramos ciudadanos de la URSS. Pero algo estaba cambiando ya entonces». El doctor Tadevosyan suspira, mira el crucifijo colgado en la pared. Es un hombre piadoso. «Si alguna vez Azerbaiyán, Armenia y Georgia se incorporan a la UE, podremos volver a viajar sin fronteras. Será como en los viejos tiempos».

Foto: Álvaro Deprit / ONOFF Pictures

Ajedrez turco en Oriente Próximo (El Periódico)

Incluyo aquí una versión extendida del artículo aparaecido el pasado día 6 de junio en El Periódico de Catalunya.

Una alianza rota en mil pedazos

ANDRÉS MOURENZA

Estambul

¿Qué hace un niño palestino acarreando un retrato de Recep Tayyip Erdogan por las calles de Gaza? En los últimos años las fotografías del primer ministro turco y las banderas de Turquía se han sumado a la panoplia de símbolos que se enarbolan en las manifestaciones de Oriente Próximo. ¿Por qué?

Los sucesivos encontronazos entre los gobiernos de Ankara y Tel Aviv en los últimos meses han llevado a un enfriamiento de las relaciones entre ambos países, que antaño formaban una sólida alianza, y a un escoramiento pro-palestino del gobierno turco. El violento asalto israelí a la Flota de la Libertad, que navegaba bajo bandera turca, ha llevado casi a la ruptura total. “Esta vez no ha sido como en Davos -cuando Erdogan y el presidente israelí Shimon Peres protagonizaron una airada discusión-, aquí ha habido sangre”, sostiene el presidente del think-tank TÜRKSAM, Sinan Ogan.

La alianza turco-israelí se forjó al calor de la Guerra Fría. Ankara fue la primera capital musulmana en reconocer la existencia del estado hebreo, en 1949, y ambos países se convirtieron en dos peones fundamentales de la estrategia de Estados Unidos en la zona. En la década de 1990, Israel colaboró con Turquía en la lucha contra el grupo armado kurdo PKK.

“El mundo ha cambiado e Israel ya no tiene tanta importancia estratégica para nosotros como antes”, decía meses atrás el responsable de política exterior del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), Suat Kiniklioglu: “No es que Turquía haya dejado de mirar a Occidente para mirar Oriente, simplemente hemos diversificado nuestras relaciones diplomáticas”. Los analistas consultados por este diario coinciden en señalar que tras el abordaje a la flotilla había algo más. “Al atacar un barco de bandera turca, Israel está enviando un mensaje a Turquía sobre su política exterior”, opina Kaan Dilek, del Instituto de Pensamiento Estratégico (SDE).

Desde la llegada al poder del AKP (islamista moderado), el profesor Ahmet Davutoglu, actual ministro de Asuntos Exteriores, ha ingeniado una nueva diplomacia que algunos definen como “neo-otomana”, es decir, que intenta recuperar la influencia de Turquía en los territorios del antiguo Imperio Otomano. Y Oriente Próximo es uno de ellos. “Ankara ha mediado en Irak y Líbano para solucionar sus problemas locales. También ayudó a Siria a integrarse en la comunidad internacional y trato de que Tel Aviv firmara la paz con Damasco. Israel tampoco puede soportar que Ankara haya contribuido a llegar a un acuerdo sobre el contencioso nuclear iraní”, explica Taha Özkan, del centro de investigaciones SETA. “Turquía se ha convertido en un poder regional”.

La invasión israelí de Líbano en 2006 y el ataque a Gaza en 2008 dieron al traste con los esfuerzos turcos por avanzar en la paz de la región y también provocaron la suspensión de una iniciativa de la Cámara de Comercio de Turquía para revitalizar la zona industrial de Erez (Israel) y dar trabajo a los palestinos de la asediada Franja de Gaza.

Hasta ahora, el eslabón más resistente de la alianza turco-israelí eran las relaciones entre sus respectivos ejércitos. Buena parte de los 2,5 millones de dólares de volumen comercial se los lleva la compra de material militar israelí por parte de los generales turcos. El ejército turco vigila su montañosa frontera con Irak, que utiliza el PKK para infiltrase en el país, con aviones no tripulados Heron de fabricación israelí. Los militares judíos hasta ahora entrenaban a sus pilotos en el espacio aéreo turco, en las maniobras Águilas de Anatolia.

Pero la alianza también parece haberse roto por este eslabón. Esta semana, en declaraciones a la cadena NTV, el general turco retirado Necati Özgen consideraba el abordaje israelí “una declaración de guerra”. Aunque el gobierno turco se apresuró a negar que fuese a enviar barcos de guerra a la zona, sí que corroboró que las relaciones se verán reducidas. Los 400.000 turistas israelíes que cada año visitan las costas y bosques de Turquía, buscarán otros lugares, y tampoco los turcos podrán visitar fácilmente Israel ya que su embajada ha informado de que no les concederá visados al menos en un mes.

Muchos árabes han comenzado a ver al primer ministro turco como el único líder regional capaz de plantar cara a Israel, mientras sus propios gobiernos callan ante el sufrimiento palestino. Además, al contrario que la mayoría de regímenes árabes, Erdogan representa a un país democrático con una economía cada vez más desarrollada. “Si EEUU no hace nada por detener este tipo de comportamientos de Israel, también él perderá toda su legitimidad en Oriente Medio”, cree Özhan. Turquía se siente fuerte.