04 septiembre 2009

Batumi: la gran fuente de las pequeñas ilusiones (El Periódico)

Andrés Mourenza

«Mierda de Gobierno!», escupe Viktor al ver los precios de la gasolinera. Han vuelto a subir. En el ambiente flota un calor húmedo y Víktor, un taxista de 62 años, conduce su viejo automóvil a lo largo del litoral de la República Autónoma de Adjara, en el suroeste de Georgia, con la camisa abierta sobre el pecho. «En la época de los comunistas toda la costa estaba llena de pensiones, venían rusos e incluso europeos. Ahora a los rusos no les dan visados y hasta las natachas [prostitutas rusas] se fueron a Turquía al abrirse la frontera, hace ya 20 años».

Aun así, Batumi, la capital de Adjara, sigue siendo uno de los centros del escaso turismo que visita Georgia y también uno de los pocos lugares a los que los georgianos se pueden permitir viajar de vacaciones.

Hasta hace unos años, Adjara era el feudo de Aslan Abashidze, apodado el Sultán Rojo porque fue comunista cuando había que serlo, musulmán practicante tras la independencia, capitalista cuando tocaba y siempre atento a que su familia tuviese buenos puestos de mando. Pero el presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, se plantó con el Ejército en Batumi para forzar la dimisión del señor de Adjara y colocar a un discípulo suyo.

Lo primero que hizo Saakashvili tras la reconquista fue prometer que convertiría Batumi en el Mónaco del mar Negro, y se puso manos a la obra. Por todos lados surgen edificios en construcción, la mayoría inversiones de empresarios turcos. Incluso ordenó edificar una gigantesca estatua en honor a la heroína mitológica Medea que costó medio millón de euros. La escultura de la amante de Jasón fue polémica, ya que la mitad de los georgianos viven por debajo del umbral de la pobreza, pero para Saakashvili Medea bien valía esa cifra: es el símbolo del encuentro entre la cultura georgiana y Europa y el Gobierno está empeñado en demostrar su europeidad.

Aunque el mayor interés de Batumi es su centro histórico, de aire mestizo y casas de principios del siglo XX, cuando la fiebre del oro negro convirtió al puerto de Batumi en un importante nudo comercial, sus mayores atracciones son la playa y las diversiones veraniegas. Por la noche brillan los neones de las discotecas y los de pequeños locales de tragaperras o salas de póquer. A espaldas de la costa, nubes con formas caprichosas –planas como brumas vespertinas unas, esponjosas otras– se engarzan en las altas montañas de espesos bosques añadiendo al conjunto un toque casi tropical.

En el bulevar cercano al paseo marítimo, los turistas caucásicos se sientan a comer pipas ante una inmensa fuente decorada con estatuas de plástico kitsch. Los chorros de colores se elevan al cielo, acompañados de la potente música que surge de altavoces ocultos entre exóticas especies vegetales de los jardines. Ante tal derroche de agua, luz y sonido, los jóvenes georgianos, que en sus ciudades y pueblos del interior sufren los cortes de agua y las averías de las pobres instalaciones eléctricas, se maravillan. Por eso no es extraño que ellos, que no conocieron los tiempos de cierta bonanza que recuerda el taxista Viktor, hablen de Batumi como si fuera el paraíso.

---------------

Foto: Fuente iluminada del bulevar de Batumi (Álvaro Deprit)

01 septiembre 2009

Los refugiados de Abjasia, enterrados en el olvido (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
ZESTAPONI (Georgia)
A Valeris Svelidze jamás se le olvidará una fecha: el 27 de septiembre de 1993. Ese día, cuando llegaron a su pueblo las noticias de la caída de Sujumi en manos de los separatistas abjasios, decidió huir. Como otros 200.000 georgianos. Más tarde, los milicianos abjasios, acompañados de partidas de chechenos y cosacos rusos, incendiaron la casa que había sido su hogar.
El relato de Rusiko Beltadze, que parece ya una anciana de cabellos blancos a pesar de contar solo 52 años, no es muy diferente: cuando los abjasios tomaron la bella Sujumi, aquella ciudad famosa por sus playas y sus veraneantes se convirtió en un infierno para los georgianos. Solo le dio tiempo a meter un par de mudas en su bolsa y tomó el primer barco hacia un lugar seguro. Su apartamento fue ocupado por una familia armenia leal a los separatistas.
Los recuerdos de un niño
David, en cambio, tiene más dificultades para recordar. Cuando abandonó Gali en una columna de refugiados apenas tenía 11 años: «Solo recuerdo disparos, bombas, fuego. Personas muertas, muchas personas muertas y tumbadas en las calles».
Valeris, Rusiko y David son refugiados georgianos de la guerra de Abjasia (1992-1993). Oficialmente son desplazados internos (IDP, en su sigla en inglés), porque, también oficialmente, la separatista República de Abjasia sigue formando parte de Georgia. La realidad es que desde hace 16 años no han podido regresar a sus hogares y viven, languidecen, en una vieja residencia de estudiantes de la localidad de Zestaponi. En el interior del destartalado edificio, un olor avinagrado, a podredumbre y orines, emana de los tres cuartos de baño y las tres cocinas que deben compartir 23 familias.
Desde que se levantan por la mañana, esperan. Por la tarde, esperan. Por la noche, duermen y esperan. ¿Pero esperar a qué? Nada, pues nada llega. Es una vida que destroza los nervios a cualquiera. «Estamos sin trabajo, sin dinero, sin miel. Antes de la guerra reparaba electrodomésticos o hacía de albañil, ahora nadie quiere contratarme», explica Valeris. El Gobierno georgiano paga a cada desplazado nueve euros al mes. «Yo me dedico a cuidar de mis hijas, de mi nieto y de mis dos pollos», añade Rusiko.
Tina, una mujer de 73 años, se encara con el funcionario municipal. Le reprocha que el Gobierno de Mijail Saakashvili los tenga olvidados. Viste de luto riguroso. Su historia, por trágica, vence a la de todos sus vecinos: su primer hijo murió en combate y no sabe donde está enterrado; el segundo emigró a Rusia, pero falleció de un ataque cardiaco cuando Vladimir Putin expulsó a todos los georgianos; su hermana quedó atrapada en Ochamchira y jamás la volvió a ver.
«La situación de los refugiados de la guerra de Abjasia es espeluznante. Malviven en viejos e insanos edificios. Ahora se están construyendo instalaciones para alojarlos pero, tras la guerra en Osetia del Sur, no saben si serán para ellos o para los nuevos refugiados, por lo que hay mucha tensión entre ambos grupos», cuenta un miembro español de la Misión de Observadores de la Unión Europea.
Tras el conflicto de agosto del 2008, gracias a la ayuda internacional, el Gobierno de Tiflis construyó más de 5.000 viviendas para los 26.000 refugiados georgianos de Osetia. Aunque su situación no es buena y achacan a la belicosidad de Saakashvili el haber perdido sus hogares y trabajos, al menos disfrutan de viviendas con televisión, aire acondicionado, huerto y condiciones higiénicas aceptables.
Regreso imposible
«Lo único bueno de esta última guerra ha sido que, después de tantos años, se han empezado a acordar de nosotros», opina Rusiko. Sin embargo, las autoridades abjasias consideran «muy difícil» que los refugiados georgianos puedan volver a Abjasia, porque se les acusa de haber comenzado la guerra. Pero aún así, aunque sepan que es imposible, todos albergan el secreto deseo de volver algún día a sus antiguos hogares.

El joven David ha conseguido un trabajo en la construcción de los nuevos edificios para los refugiados en Zestaponi, pero no es lo que él quiere. No quiere construir otro edificio provisional para su vida de espera. Quiere construir una vida normal. «Volver a casa, conseguir un buen trabajo, casarme con una bella chica». Al decir esto, una sonrisa casi imperceptible se dibuja en su rostro.

----------------------------

Foto: Valeris, Rusiko y el nieto de ésta en la residencia en la que viven como refugiados en Zestaponi, Georgia (Álvaro Deprit)

-----------------------------------

Y para aquellos que sigan con interés la situación en el Cáucaso... el libro Transcaucasia Exprés en edición digital y gratuita.

El refugio de los uigures (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA ESTAMBUL

A pesar de sus 72 años, Mahmut Kashgarli conserva unos ojos vivarachos y encendidos, casi de genio de la lámpara, sobre todo mientras cuenta la historia de cómo su familia, al igual que otros muchos uigures del Turquistán Oriental, como llama a la región de Xinjiang (China), se exiliaron en Turquía.

Era el año 1937. Los independentistas uigures supervivientes de la República Islámica del Turquistán Oriental (1933-34) se batían contra los nacionalistas chinos. La señora Zeynep Kashgarli pidió a su hijo Davut que la llevase a celebrar la peregrinación ritual a La Meca, que todo musulmán debe realizar una vez en la vida. Davut preparó todo lo necesario para el viaje y se despidió de su hijo, Mahmut, que entonces tenía seis meses. Ignoraba que no volvería a ver a su familia hasta pasados 45 años.

Los Kashgarli emprendieron un largo periplo para evitar conflictos eligiendo la ruta más larga. Penetraron en la Unión Soviética a través de Kirguistán; de allá a Taskent (Kazajistán), Moscú (Rusia) y Odesa (Ucrania). En un vapor cruzaron el Mar Negro, el de Mármara y el Egeo hasta Esmirna (Turquía) y embarcaron hacia Alejandría (Egipto). Alcanzaron primero El Cairo; luego Yida (Arabia Saudí) y, por fin, apareció ante ellos la ciudad sagrada del Islam: La Meca. Pero, al llegar, se dieron cuenta de que el plazo anual de la peregrinación (Hajj) había expirado el día anterior.

¿Qué vamos a hacer, qué vamos a comer, qué vamos a beber?» Zeynep, desolada, lloraba su mala suerte, pero su hijo la convenció para permanecer en La Meca y realizar el ritual al año siguiente. Cuando se disponían a volver, supieron que los chinos habían dominado todo el Turquistán Oriental y las fronteras estaban cerradas. Nunca más regresaron a su tierra.

Mientras, Mahmut creció y estudió en Urumqi. Se licenció, se casó y comenzó a dar clases de Literatura en la Universidad de Xinjiang. «Había presión política y la gente no podía hablar libremente. Comenzaron a castigar a los profesores de la universidad. Se los llevaban y a algunos los torturaron. Estaba preocupado, porque soy una persona que no se calla las cosas», relata Mahmut Kashgarli. Así que decidió exilarse. Tras un año de espera para que las autoridades chinas le diesen un pasaporte, pudo viajar a Estambul y reunirse con su padre. Corría el año 1982.

Desde entonces, Mahmut Kashgarli ha enseñado en las universidades de Turquía uigur y otras lenguas de raíz turca y ha trabajado para la Fundación del Turquistán Oriental, que ayuda a los más de 30.000 uigures que durante el siglo XX se han exiliado en este país.

Las autoridades turcas y, especialmente los partidos islamistas y nacionalistas, se sienten obligados a acogerlos por los lazos religiosos y culturales que los unen: de aquella lejana tierra surgieron los pueblos turcos que acabarían instalándose en este rincón de Europa. Además, tras la firma de los acuerdos de la Organización de Cooperación de Shanghái, los países vecinos se comprometieron con China a deportar a todos los uigures en situación ilegal en su territorio, algo que no hace Turquía. Salvando las distancias, Turquía cumple para los uigures el papel que Nepal ha desempeñado para los tibetanos.

En el centro histórico

En una antigua madraza del siglo XVI, en pleno centro histórico de Estambul, Hamit Göktürk dirige el trabajo de una asociación uigur. «Somos una especie de consulado. Gestionamos los permisos de residencia de nuestros compatriotas, les preparamos para la universidad, les ayudamos económicamente si hace falta». El patio de este bello edificio otomano también sirve de lugar de encuentro y ceremonias, aunque cada vez menos.

Y es que el grado de integración de los uigures en Turquía es muy alto. «Es fácil porque la lengua es muy parecida», opina Mahmut. «Pero no abandonamos el sueño de vivir, algún día, en un Turquistán Oriental libre». Su mujer, Merih, profesora de biología en China y ahora ama de casa, añade: «Los chinos nos pegan y dicen que somos terroristas. Ellos son los verdaderos terroristas. Pero hemos viajado a muchos lugares y ahora sabemos cómo son los países democráticos. Ya no nos pueden engañar».

19 agosto 2009

Leyendas de la antigua Constantinopla (El Periódico)

Andrés Mourenza
Por fuera solo se percibe una larga tapia de cemento que cubre el espacio de toda una manzana y, en su interior, lo que en algunas guías especializadas aparece señalado como una de las iglesias más importantes de la vieja Constantinopla tampoco es gran cosa: una insulsa construcción eclesial, una modesta vivienda y un inmenso patio ajardinado. Nada hace sospechar cuánta historia alberga.
«Este es uno de los lugares más importantes del mundo ortodoxo. Cada año llegan fieles de todo el mundo para visitarlo y llevarse el agua milagrosa», explica Ioannis, moviendo sus manos bastas de jardinero. SEGUIR LEYENDO EN EL PERIÓDICO

18 agosto 2009

Diez años después, Estambul sigue sin estar preparada para otro terremoto como el de 1999 (EFE - La Vanguardia)

Andrés Mourenza. Estambul. (EFE).- En 1999 murieron más de 17.000 personas por un gran terremoto que sacudió la región del Mar de Mármara (noroeste de Turquía) y los expertos coinciden en el décimo aniversario de la tragedia que ciudades como Estambul siguen sin estar preparadas para un sismo de gran magnitud.
El 17 de agosto de 1999, a las 3.02 horas de la noche, la placa tectónica de Anatolia se desplazó a lo largo de la falla que la separa de la placa eurasiática liberando una cantidad de energía similar a 132 bombas atómicas. Eray Hobikgil, entonces un adolescente de 16 años, saltó de su cama al sentir que el guardarropa caía sobre él; corrió hacia la habitación de sus padres y los tres permanecieron abrazados durante un tiempo que les pareció infinito. Se trataba de un terremoto de 7,4 grados en la escala de Richter y sólo duró 45 segundos, pero tras de sí dejó un reguero de destrucción: 17.480 muertos, más de 40.000 heridos, 329.000 edificios destruidos, casi medio millón de personas sin hogar.
La casa de los Hobikgil, en la localidad de Degirmendere, cercana al epicentro del seísmo, se mantuvo en pie. Por la mañana, sin embargo, el panorama era desolador: el paseo marítimo se había hundido en el agua, reduciendo a escombros las casas de la línea de la costa, y, al otro lado de la bahía, ardía la mayor refinería de Turquía en un presagio de mayores desgracias. "Era terrorífico, porque había gente herida que buscaba medicación y se podía oír las voces de la gente atrapada entre los escombros. Cuando ves que tanta gente necesita tu ayuda y tú no puedes darla, te sientes desesperado, como una maldita mierda", recuerda Hobikgil en declaraciones a Efe. En Degirmendere, por ejemplo, los únicos edificios que no sufrieron ningún daño fueron los construidos por el ejército para su personal lo que puso al descubierto las pésimas condiciones en que se edifican las viviendas en Turquía, algunas porque fueron levantadas y son constantemente modificadas por sus inquilinos y otras por el simple ahorro de costes de las empresas constructoras.
Después de la catástrofe de 1999, más de seis mil personas fueron juzgadas por negligencias vinculadas al terremoto, pero sólo una, el constructor Veli Göçer, fue condenada a prisión. Tras haber cumplido cinco años de su condena a prisión de 18 años, Göçer -en una entrevista publicada por el diario "Habertürk"- acusa al Estado turco de ser, en parte, culpable de las muertes, ya que es la administración quien otorga las licencias de obra y el gobierno quien aprueba las leyes que rigen el sector.
Desde aquel gran terremoto, el Ayuntamiento de Estambul -donde miles de personas se vieron afectadas- ha gastado unos 80 millones de euros en estudios sobre los edificios y en su adecuación para resistir movimientos sísmicos de gran magnitud, según un cálculo de la revista "Newsweek Türkiye".
No obstante, según expertos como el profesor de Ingeniería Civil de la Universidad del Bósforo Semih Tezcan, la metrópolis turca "no está preparada para otro terremoto" a pesar de que la región de Mármara es la más desarrollada de toda Turquía. "En Estambul hay un millón de edificios, sólo un uno por ciento ha sido reforzado. Hay 3.000 escuelas y sólo 250 han sido reforzadas y hay 635 hospitales públicos, de los que sólo 10 están preparados", explicó Tezcan en declaraciones al diario "Milliyet". El mayor temor de los estambulíes es que se vuelva a producir otro gran seísmo (una de cada cuatro personas que sufrieron el terremoto de 1999 tiene problemas para dormir o sufre traumas psicológicos).
Además, en los últimos años han proliferado pseudo-científicos que, de televisión en televisión, anuncian la proximidad del Gran Terremoto, como si de aciagos Nostradamus se tratara, y las empresas aseguradoras aprovechan los miedos de la población para vender "paquetes anti-terremoto". "No habrá un terremoto en Estambul al menos hasta 2015. Si así sucediera, sería algo inesperado para el mundo científico", opinó el presidente de la Cámara de Ingenieros Geofísicos, Ahmet Ercan, en declaraciones a "Habertürk".
El profesor de Geofísica de la Universidad Técnica de Estambul, Haluk Eyidogan, sin embargo, alertó de que la ciudad del Bósforo tiene que estar preparada en cualquier momento para cualquier cosa, ya que "en los últimos 200 años la región de Mármara ha sufrido 50 terremotos de una magnitud mayor a los 6,5 grados".
La única consecuencia positiva que trajo aquel terremoto -y un mes después el que se registró en Atenas- fue el espíritu de solidaridad entre turcos y griegos, dos naciones enfrentadas durante siglos. La sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales y los cuerpos de protección civil se organizó rápidamente y se enviaron equipos de rescate griegos a Turquía, algo que cambió la percepción de los vecinos. Desde entonces, las relaciones entre los dos países se normalizaron y la cooperación aumentó considerablemente.

16 agosto 2009

Crece en Turquía la esperanza de solucionar el conflicto kurdo, en el 25 aniversario del primer ataque del PKK

En el 25 aniversario, hoy, del primer ataque del grupo armado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), crece en Turquía la esperanza de alcanzar una solución pacífica a un conflicto que ha dejado ya más de 40.000 muertos.
Mientras en diversas ciudades turcas y europeas simpatizantes del PKK se congregaron para celebrar el inicio de la lucha armada, el gobierno del islamista moderado Recep Tayyip Erdogan continúa los contactos con miembros de la sociedad civil y de los partidos políticos para desarrollar un plan para superar el conflicto. "Turquía debe enfrentarse a este problema y resolverlo a través de la democracia. Ha llegado el momento para una solución radical del problema", manifestó Erdogan ayer durante la conmemoración del octavo aniversario de la fundación de su Partido de Justicia y el Desarrollo (AKP).

Hoy estaba previsto que los abogados del líder histórico del PKK, Abdullah Öcalan, encarcelado en la isla-prisión de Imrali, hiciesen pública una 'hoja de ruta' para la solución del conflicto. Sin embargo, tras una visita ayer a Öcalan informaron de que el líder kurdo aún no la tiene ultimada, por lo que se publicará durante la próxima semana. Según filtraciones de los abogados a la prensa turca, la 'hoja de ruta' de Öcalan establecerá un plan de desarme progresivo de los aproximadamente 7.000 milicianos del PKK en activo a cambio de mayores derechos para los kurdos y más autonomía, y la sustitución de la actual constitución, redactada en 1982 por la Junta Militar, por otra más democrática.

Ahmet Türk, líder de la principal formación kurda, el Partido de la Sociedad Democrática (DTP), con 21 escaños en el parlamento de Ankara, pidió ayer que se tengan en cuenta las opiniones tanto de las Fuerzas Armadas turcas como del PKK y que se escuche "con atención" lo que diga Öcalan. Sin embargo, el AKP respondió inmediatamente que "ni el PKK ni nadie relacionado con él" es considerado interlocutor por el gobierno turco.

El gobierno está redactando su propio plan para la resolución del conflicto pero, por el momento, no se han hecho públicos los detalles, aunque ayer Erdogan aseguró que las primeras medidas se darán a conocer "antes de fin de año". El mandatario turco explicó que se podrían introducir cambios en la Constitución del país, pero añadió que se optará por la vía más fácil, puesto que el tema de las enmiendas constitucionales levanta suspicacia entre la oposición nacionalista y kemalista.

"El discurso de Erdogan fue muy importante. Ha creado una gran expectación en la sociedad. Aunque todavía hay un 'pero'. Se debe compartir (el plan) con las organizaciones de la sociedad civil", opinó hoy el alcalde de la ciudad suroriental de Siirt, Selim Sadak, miembro destacado del DTP, en una entrevista con el diario 'Taraf'. En los últimos años se han dado pasos hacia la mejora de la situación de los kurdos, a través de la concesión de derechos culturales como permitir las emisiones en kurdo en radios privadas, la apertura de un canal estatal de televisión en lengua kurda y el establecimiento de cursos privados de kurdo.

De hecho, la cúpula castrense turca ha reconocido este año que el conflicto kurdo no se puede terminar sólo con medidas militares sino que son necesarias medidas de carácter político, social y económico. No obstante, los dos mayores grupos de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP, nacionalista laico) y el Partido de Acción Nacionalista (MHP, ultraderecha), se han negado a participar en la ronda de contactos patrocinada por el Ministerio del Interior para recabar ideas sobre el plan de paz.

En opinión de Derya Sazak, un renombrado columnista del diario 'Milliyet', la oposición se niega a entrevistarse con el gobierno porque cree que el AKP puede salir reforzado si consigue solucionar el conflicto kurdo. "Actúan del mismo modo que durante el proceso de solución del tema de Chipre", añadió Sazak.

CRONOLOGÍA DEL CONFLICTO EN LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS

14 agosto 2009

En el harén de Estambul, de Carla de la Vega

Título: En el harén de Estambul
Autor: Carla de la Vega
Editorial: Styria
Precio: 16€
Páginas: 224 Alineación a la izquierda
ISBN: 978-84-92520-24-4
Formato: 14,5 x 21,5 Cartoné
Género: Crónica periodística
Fecha de publicación: 01/06/2009
Lugar de publicación: Barcelona
------------------------------------------
Probablemente la portada de la editorial Styria, un remedo de best-seller de aeropuerto, no le haga justicia: En el harén de Estambul, de la periodista Carla de la Vega es un gran libro. Es más, es un libro altamente recomendable para todo aquel que quiera introducirse en el estudio y el conocimiento de un país con tantos matices y contrastes como es Turquía y para comenzar a indagar en la situación de las mujeres.
Carla de la Vega lo hace a través de las historias de cuatro mujeres turcas -por este orden: Zelal, Sennur, Ayse y Rashel-, sus sentimientos, sus pasiones, sus miedos, pasan frente a nuestros ojos a través del ágil relato del libro.
Como privilegiado observador de todo el proceso de creación de este libro, sé que una de las decisiones más difíciles a la que tuvo que enfrentarse Carla de la Vega es a la selección de qué historias incluir y cuáles no. De hecho, se vio obligada a descartar unas cuantas, no menos interesantes que las que expone en el libro, por falta de tiempo y espacio, pues cada una de las partes que trata sobre una mujer diferente exigió semanas y semanas de investigación, largas horas de entrevistas y meses para poder poner todo el material por escrito de una forma que fuera comprensible para el lector.
La selección final de las cuatro mujeres es, en mi opinión, un acierto. Tres de ellas -Sennur, piadosa estudiante que debe buscar subterfugios para entrar a la universidad con el velo musulmán; la superpija Ayse, una kemalista de la elite de Nisantasi (Estambul), y Zelal, una kurda que ha escapado a Estambul para huir de quienes la quieren matar- reflejan algunos de los temas más candentes de la actualidad turca: las polémicas sobre el velo y el partido gobernante AKP, la situación del laicismo y la visión de la elite kemalista y la situación social en el sudeste de Turquía junto a los detestables crímenes de honor, y todo ello a través de los ojos de las mujeres. La inclusión de la cuarta mujer, Rashel, se comprende desde el punto de vista de los lazos culturales que unen a España con la comunidad sefardí de Turquía pues Rashel es eso, una judía sefardí de 60 años, pero también es una historia que nos muestra las dificultades de las parejas multiculturales en una época en que la sociedad turca aún no estaba preparada para ello (si Rashel hubiese tenido 20 años en la Turquía actual, a buen seguro, su vida habría sido completamente diversa). Pueden echarse en falta relatos de mujeres con situaciones más habituales, pero es cierto que el simple hecho de mostrarnos estos casos -algunos extremos, pero otros desgraciadamente no tanto- ayuda bastante a comprender la sociedad en que viven estas mujeres y a imaginarnos todos los tonos grises que se mueven entre ellas. Obviamente -y esto ya lo avisa la autora en el prólogo- no se trata de crear un manual sobre la situación de la mujer turca lleno de conocimientos enciclopédicos, considerémoslo pues una iniciación, un zambullido (además tremendamente gratificante por el modo en el que está escrito).
Y aquí, permítanme que incluya una breve reflexión sobre la profesión periodística que atañe directamente a este libro pues estamos ante lo que podría denominarse un libro-reportaje. En el ejercicio de nuestro trabajo, los periodistas nos encontramos con una difícil tarea: la de seleccionar datos, sintetizarlos, resumirlos. Es es, en verdad, la mayor dificultad de la profesión: ¿Debemos explicar cada tema con todo lujo de detalles para ofrecer el panorama más completo posible o tenemos que seleccionar sólo los datos más relevantes aún a riesgo de perder los matices, también importantes para la comprensión de un argumento? ¿Qué citas, las de que persona, se deben ofrecer y a qué altura del texto? ¿Cómo se jerarquiza el contenido de cada artículo, historia o reportaje? Y, por último, aunque no menos importante ¿qué estilo adoptar para contar la realidad: el del ensayo, más didáctico; el de las agencias de noticias, frío y distante, o una narración más personal y literaria que haga el texto más atractivo al lector?
En este sentido, el libro de Carla de la Vega consigue un resultado de gran equilibrio entre las interesantes narraciones de las mujeres retratadas, con un estilo que se acerca mucho al periodismo literario (un género del que nuestro país está tan falto y que, según mi gusto personal, se acerca al culmen del periodismo), y el proporcionar datos fidedignos sobre la situación de la mujer en Turquía. Quizás la organización de los capítulos -se alternan unos que narran las vivencias personales con otros que tratan, de forma más general, los datos de carácter social y político (en este punto se echa de menos, a veces, datos comparativos con otros países europeos)- pueda resultar abrupta en la lectura, pero al cabo de los primeros capítulos el lector se hace a ello.
Recuerdo perfectamente el día que conocí a Carla de la Vega. Fue una noche del invierno estambulí en 2007 en una velada junto a otros grandes periodistas y amigos -Ildefonso González, Elena Solera y Ricardo Ginés- en compañía de las siempre presentes cervezas de Nevizade. Ella llevaba a cuestas un largo curriculum como periodista, desde el bautizo de fuego en la información parlamentaria a la lejana Asia (Singapur y Nueva Delhi) y ya había tomado la decisión de escribir en libro. Desde entonces, tuvimos muchas conversaciones, con Ricardo Ginés como maestro de ceremonias, sobre el periodismo literario. Cómo conseguir que el relato de una persona, en este caso el de las mujeres entrevistadas, pudiese convertirse en una verdadera historia literaria. Si ya es de por sí difícil informar de una forma simple y llana, conseguir narrar la realidad de una forma literaria pero ajustándose escrupulosamente a los hechos comprobados es en extremo complicado (esto y no otra cosa es el periodismo literario). Pero el resultado es de gran valor ya que nos acerca más a las personas y a su forma de percibir la vida. A este respecto, la primera historia de En el harén de Estambul, la huída constante de Zelal de los hombres que la quieren matar por haberse divorciado de su marido, es excepcional y la cuarta, la del amor trágico de la sefardí Rashel, no le anda a la zaga.
Han sido dos años de recopilación de datos, lecturas de informes y artículos y, sobre todo, de constantes entrevistas con mujeres, organizaciones de defensa de los derechos de la mujer, feministas, intelectuales, casas de acogida. La activista y profesora Türkan Saylan (recientemente fallecida), la abogada Canan Arin, la presidente de la organización Kamer en Diyarbakir Nilüfer Yilmaz, la escritora Vildan Yirmibesoglu o la presidenta del centro sefardí de Estambul Karen Gerson Sarhon son sólo algunas de las eminentes expertas que entrevistó Carla de la Vega en su recogida de datos. En definitiva, un arduo trabajo que ha dado como resultado un libro imprescindible.

Madres turcas y kurdas dan ejemplo de reconciliación (EFE - adn.es)

Andrés Mourenza
El verano ha llevado a Turquía un soplo de esperanza para la resolución del conflicto kurdo con la apertura de un proceso político que podría poner fin a una guerra no declarada que desde el levantamiento en armas del grupo armado kurdo PKK en 1984, ha causado más de 40.000 muertos. Pero quienes han dado un mayor ejemplo de reconciliación y diálogo han sido algunas madres de soldados del ejército turco y de militantes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) fallecidos en combate, que exigen a los políticos que hagan todo lo posible por detener las muertes.

Burhan Yalçin era un joven de 21 años, tranquilo y amante del hogar. Se le daba bien construir muebles, recuerda su padre. Había nacido en la deprimida provincia de Sirnak, fronteriza con Irak, y durante su servicio militar fue destinado algo más al norte, a la provincia de Tünceli, para servir en la Gendarmería. En junio de 2007, un comando del PKK atacó la comisaría en la que hacía guardia y Burhan murió abatido, convirtiéndose en lo que el ejército llama orgulloso "un mártir de la patria".

En febrero pasado, en una de las operaciones militares contra los rebeldes kurdos, murió Harfiye Bilgi, un joven militante del PKK. Como muchos otros, había 'marchado a las montañas' -así le llaman en Turquía a unirse a la guerrilla del PKK- para vengar a algún familiar o conocido muerto, por reivindicar y defender la identidad kurda o por rebeldía. Sea como fuere, su historia terminó en una temprana muerte.

Lo que une a las familias de Harfiye y Burhan, además de ser las dos vecinas de Sirnak, es el tremendo dolor que la muerte de los jóvenes produjo en sus respectivas familias. Por ello, la pasada semana, las madres de los dos muertos se reunieron en Sirnak y ante las cámaras de televisión de varios canales turcos se fundieron en un emotivo abrazo. "Hemos sufrido mucho y no queremos sufrir más. No queremos que mueran más soldados ni miembros del PKK", dijo entre lágrimas Kumri Bilgi, la madre de Harfiye.

Pero ellas no son las únicas. La trágica historia de la anciana kurda Sakine Arat también se ha convertido en Turquía en todo un símbolo de la tragedia del conflicto kurdo.

Según un artículo publicado en el diario 'Taraf', Arat nació hace 74 años en Kütahya, en el oeste de Turquía, en el seno de una familia expulsada en 1930 de su hogar en el sureste kurdo. En 1947, gracias a una amnistía gubernamental, la familia Arat volvió al sureste, pero la entonces joven no pudo terminar su educación básica porque en su pueblo no había escuela.

Trajo al mundo seis hijos. El mayor, Cemal, consiguió estudiar en la Universidad de Ankara durante los movidos años 1970, al mismo tiempo y en el mismo lugar que se sentaban las bases del PKK. Tras el golpe de Estado de 1980 fue detenido y torturado hasta la muerte. El segundo, Tacettin, fue también detenido durante el golpe, torturado, pero liberado. No lo dudó un instante, escapó a las montañas y se unió a la guerrilla, donde murió unos años después. Su hermana Sibel, de 17 años, no pudo soportar el dolor de perder a dos hermanos y se suicidó. Poco después, Murat, el cuarto hijo, desapareció en extrañas circunstancias, un hecho no demasiado inusual en los años 1990 en el sudeste de Turquía. Servet, el hijo más pequeño, falleció en un accidente de tráfico. "Sólo me queda un hijo con vida y procuro mantenerlo alejado de todos los partidos políticos", explicó Sakine Arat.

"Cuando me entero de que ha muerto un soldado, me digo '¡Ay! Otra madre se ha unido a nosotras. Otra madre a la que le arde el corazón'. Por el amor de Dios, terminen con este dolor. Esta guerra continúa. Mis nietos crecen. ¿También ellos participarán?", se preguntó la anciana.

Esta semana, un grupo de mujeres kurdas de la iniciativa Madres de la Paz viajó desde varias ciudades kurdas hasta Ankara para reivindicar una solución pacífica del conflicto kurdo. Intentaron manifestarse delante de la Jefatura del Estado Mayor del ejército pero se les denegó el permiso, así que, finalmente, tuvieron que llevar a cabo su protesta en un parque.En la pancarta de una de las madres kurdas se leía: "Sean de la guerrilla o sean soldados, son nuestros niños".

Fotografías. Superior: Sakine Arat, en Diyarbakir (Fuente: Sabah.com.tr). Inferior: Las madres de Hafiye Bilgi y Burhan Yalçin se abrazan en un signo de reconciliación (Fuente: mynet.com)

10 agosto 2009

El gobierno turco buscará un "pacto nacional" para solucionar el conflicto kurdo (EFE - adn.es)

El gobierno de Turquía buscará crear un "pacto nacional" con el resto de actores políticos para solucionar el conflicto kurdo, informó hoy el portavoz del ejecutivo, Cemil Çiçek, tras una reunión del consejo de ministros. El ministro del Interior, Besir Atalay, será quien coordinará las reuniones con los partidos de la oposición, los sindicatos y las fuerzas de seguridad. "Estamos preparados para escuchar respetuosamente todas las propuestas y a todos los actores", añadió Çiçek.

Con todo, avisó que las soluciones propuestas deberán enmarcarse en "el estado unitario y la democracia". "Turquía tiene que solucionar este problema, porque si no vendrán otros y se inmiscuirán en el problema", advirtió Çiçek.

El presidente turco, Abdullah Gül, animó a avanzar en la solución de la cuestión kurda en una conversación con periodistas durante su vuelta anoche de una gira por la zona suroriental de Turquía, donde se concentra la mayoría de los kurdos del país. El mandatario turco negó que el plan que prepara el gobierno suponga hacer concesiones a los "terroristas" del grupo armado PKK, ya que "la democratización es un freno al terrorismo". "No escondamos nuestras cabezas como los avestruces. El problema más grave que sufre Turquía en la actualidad es éste (el conflicto kurdo)", dijo Gül y solicitó a los partidos políticos que superen sus diferencias y participen en la solución del conflicto.

Sin embargo, la oposición no parece estar tan dispuesta a colaborar con el gobierno islamista moderado. Los partidos laicos y nacionalistas criticaron que aún no conocen los detalles del plan gubernamental y se negaron a participar en un proceso que signifique negociar con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), considerado terrorista por Turquía y la UE (Unión Europea).

En los últimos meses, en Turquía se ha incrementado la esperanza de que se pueda llegar a una solución dialogada al conflicto kurdo que, desde 1984, ha provocado más de 40.000 muertes en la guerra no declarada entre las fuerzas de seguridad turcas y el PKK. El líder histórico del PKK, Abdullah Öcalan, encarcelado en la isla prisión de Imrali, hará pública en los próximos días una 'hoja de ruta' para la solución del conflicto kurdo. Según afirmaron hoy dos diputados del Partido de la Sociedad Democrática (DTP, nacionalista kurdo), Öcalan propondrá un proceso de desarme del PKK.

El partido kurdo DTP afirma que Öcalan propondrá un plan para el desarme del PKK (EFE - El Confidencial)

Estambul, 10 ago (EFE).- El líder kurdo Abdullah Öcalan, actualmente encarcelado en la isla prisión de Imrali, establecerá un plan para que el grupo armado PKK deje las armas a través de la hoja de ruta que propondrá en los próximos días, afirmaron dos diputados kurdos en sendas entrevistas publicadas hoy por la prensa turca.

En los últimos meses, en Turquía se ha incrementado la esperanza de una solución dialogada al conflicto kurdo que, desde 1984, ha causado más de 40.000 muertes en la guerra no declarada entre las fuerzas turcas y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), grupo considerado terrorista por EEUU y la Unión Europea.

En declaraciones al diario liberal ´Taraf´, Gültan Kisanak, diputada del Partido de la Sociedad Democrática (DTP, nacionalista kurdo) explicó que Öcalan no puede pedir que el PKK deje las armas directamente, pero establecerá "un proceso a corto, medio y largo plazo de abandono de las armas". "La realidad es que hay una relación entre que se otorguen derechos democráticos y se cumplan las demandas de los kurdos y que el PKK deje las armas", dijo Kisanak.

Por su parte, Selahattin Demirtas, vicepresidente del grupo parlamentario kurdo (con 21 escaños), opinó al diario ´Milliyet´ que el objetivo del plan de paz no debe ser "liquidar al PKK, sino que abandone las armas y que se integre en la política democrática". También exigió que se desarme a las milicias paramilitares kurdas leales a Ankara y utilizadas en la lucha contra el PKK y que todos los grupos étnicos de Turquía puedan recibir educación en su lengua materna.

Desde que el pasado mayo el presidente turco, Abdullah Gül, dijese que el país tiene "una oportunidad histórica" para solucionar la cuestión kurda, los debates se suceden en Turquía y se espera con expectación las propuestas de la organización armada kurda y las del gobierno de Ankara. Hoy mismo, el Gobierno turco tratará como punto más importante de su consejo de ministros semanal la redacción de un plan para solucionar el conflicto kurdo y ha avisado de que el ministro del interior se reunirá con los líderes de los partidos de oposición para recabar su apoyo.

07 agosto 2009

Rusia incrementa su influencia energética al conseguir que Turquía de luz verde al gasoducto South Stream (EFE - Finanzas.com)

Rusia y Turquía acordaron intensificar su mutua cooperación energética, firmaron 15 protocolos de colaboración, y Moscú recibió el permiso para que su gasoducto South Stream, competidor del paneuropeo Nabucco, transcurra por aguas turcas.
"Las negociaciones no han sido fáciles, hemos tenido ciertas dificultades, pero finalmente hemos llegado a un acuerdo en todos los temas", reconoció Vladimir Putin tras una jornada de arduas negociaciones con el ejecutivo turco presidido por el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, celebradas este jueves en Ankara. Pero finalmente, en las conversaciones que contaron también con la participación del jefe del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, Putin logró el permiso de Ankara para que el consorcio estatal ruso Gazprom comience las exploraciones destinadas a comprobar si el gasoducto South Stream puede transcurrir por las aguas del Mar Negro que están bajo control de Turquía.

South Stream es un proyecto que, según los analistas occidentales, supone una respuesta competitiva al Nabucco, ideado para reducir la dependencia energética europea de Rusia y promocionado por la Unión Europea (UE). El gasoducto planeado por Gazprom deberá unir la estación rusa de Beregovaya con Varna (Bulgaria) y tendrá diversificaciones a Italia a través de Grecia y a Europa central a través de Serbia y Hungría. Nabucco, cuyo plan de desarrollo fue aprobado en julio en Ankara por las compañías de los países implicados, conectará la terminal de Erzurum (Turquía), adonde ya llega un gasoducto procedente de Azerbaiyán, con la de Baumgarten an der March (Austria) mediante una tubería de 3.300 kilómetros a través de Bulgaria, Rumanía y Hungría. El gasoducto europeo podrá transportar 31.000 metros cúbicos de gas anuales -aunque la procedencia del suministro aún es incierta- y su inauguración está prevista para 2014.

ENI y Gazprom lideran el proyecto

El proyecto ruso, liderado por Gazprom y la italiana ENI, prevé comenzará a bombear gas en 2015 y tendrá una capacidad de 63.000 metros cúbicos anuales. El suministro está asegurado por el propio gas ruso y los contratos firmados por Moscú con varios países de Asia Central.

Sin embargo, Putin restó trascendencia a las críticas que afirman que los dos proyectos no podrán convivir en un mismo espacio. "Los dos proyectos son importantes para los consumidores y el South Stream no bloquea al Nabucco. La competencia entre los dos proyectos es escasa", dijo. "No hay rivalidad, sino que son dos proyectos alternativos. Debemos verlos como diversidad, por lo que aumentarán la seguridad energética (europea)", afirmó por su parte Erdogan.

A cambio del permiso para que el gasoducto South Stream pase por aguas turcas, Putin explicó que Rusia ha accedido a prolongar el acuerdo de exportación de gas a Turquía y a revisar los precios de esa fuente energética en beneficio turco. De hecho, Turquía importa dos tercios de su gas de Rusia, lo que ha convertido al país eslavo en el primer socio comercial de los turcos."Estamos muy contentos del nivel que han alcanzado nuestras relaciones comerciales", se felicitó Erdogan y recordó que el volumen comercial entre ambos países alcanzó los 40.000 millones de dólares.

Moscú aceptó asimismo prolongar el gasoducto Blue Stream, que transporta anualmente 16.000 metros cúbicos de gas ruso al norte de Turquía, hasta el sur del país, de forma que Ankara pueda distribuir esa energía a Siria, Líbano, Israel y la parte turca de Chipre. Además, Rusia entrará en el consorcio que desarrolla el oleoducto entre el puerto de Samsun, norte de Turquía, y la terminal petrolera de Ceyhan, en el sur, un proyecto en el que ya participa la italiana ENI. En opinión de Putin, Turquía está en camino de convertirse "en un importante país de tránsito" de energía. También en el campo de la energía atómica, ambos países firmaron un acuerdo para de cooperación con fines pacíficos. Turquía ha concedido por licitación la construcción de su primera central nuclear a un consorcio formado por las compañías rusas Atomstroyexport e Inter RAO EES y la turca Park Teknik, cuyo proyecto prevé erigir cuatro reactores de una potencia de 1.200 megavatios cada uno.

Noticia en El Periódico

31 julio 2009

El éxito de la celda Nº 5 (El Periódico

· Un famoso cantante pop de Georgia lleva más de tres meses de encierro voluntario en protesta contra el Gobierno.
Foto: Utsnobi en su particular celda (Álvaro Deprit)
ANDRÉS MOURENZA
TIFLIS

La piel de su cara está ahora demacrada, sus labios apagados, sus ojeras son más profundas de lo que es habitual; habla despacio, como si las palabras solo fuesen empujadas fuera de su boca por un infinito dolor del alma o, más probablemente, a causa del dolor de estómago del que parece aquejado. A Gia Gachechiladze, alias Utsnobi (El Desconocido), uno de los cantantes pop más famosos de Georgia, no le han sentado bien sus más de tres meses de encierro voluntario en una habitación de 15 metros cuadrados de la que solo sale de vez en cuando para ofrecer conciertos o manifestarse contra el Gobierno.

Utsnobi y sus populares canciones se han convertido en bandera de la oposición al presidente georgiano, Mijail Saakashvili; una oposición dispar en la que confluyen desde antiguos compañeros del jefe del Estado a simples buscavidas de la política.

¿Droga o locura congénita?

Sus detractores afirman que el estado de Utsnobi se debe a la droga y a una locura congénita. De lo que no cabe duda es que los métodos de este excéntrico cantante metido en política son un tanto peculiares. Cada noche, la emisora de televisión Maestro TV, conecta con la habitación de Utsnobi en un reality show político llamado Celda N° 5, que ha conseguido un gran éxito de audiencia. En su celda –climatizada, eso sí, y repleta de iconos religiosos y caricaturas del presidente Saakashvili–recibe a personas de la calle que le cuentan sus problemas y critican al Gobierno.

«Georgia es actualmente una prisión, por eso da lo mismo estar encerrado que no estarlo. Y esta celda es el único rincón libre del país, cualquier persona puede venir a opinar libremente sobre lo que está ocurriendo», afirma Utsnobi.

Cambio de orientación

Mientras en la planta baja, los jóvenes periodistas de Maestro TV fuman hasta hacer el ambiente irrespirable y explican orgullosos cómo han convertido lo que era un canal de entretenimiento en una fuente de periodismo crítico, Utsnobi, en su celda situada en el piso de arriba, llena una bolsa con dólares fotocopiados para burlarse de quien acusa a su hermano, Levan Gachechiladze, rico empresario y uno de los principales políticos de la oposición, de estar financiado ilegalmente por Rusia, el país que representa todo lo maligno para el Gobierno de Saakashvili.

«Igual que ocurrió en Europa en los años 30, ahora somos nosotros los que tenemos aquí a un pequeño Hitler. Saakashvili es quien decide todo en Georgia, ha cambiado la Constitución y con su policía controla las calles», se lamenta.

Su negativa opinión sobre la policía no es de extrañar. El pasado mayo, cuando intentó asaltar una comisaría de la policía durante una manifestación, fue apaleado contra un muro de tal manera que le entró tierra en las heridas y sufrió una infección sanguínea. «Cada una de las palabras que salen de la boca de Saakashvili es mentira. Los extranjeros aún no lo han entendido porque el presidente les vende que esto es un país democrático y no es así. Es un régimen totalitario en el que el uno por ciento gobierna y el resto no pinta nada», denuncia.

Otra de las propuestas de Utsnobi ha sido la de construir un muro alrededor del Parlamento para simbolizar el distanciamiento entre los ciudadanos y los diputados. Pero la iniciativa no fructificó, especialmente porque los taxistas están hartos de que la principal vía de la capital, la avenida Rustaveli, lleve dos meses cortada por los opositores a Saakashvili.

La oposición ha instalado varias docenas de celdas frente a la Asamblea Nacional. Pero al caer la noche y terminan los mítines, los dirigentes se van y dejan el cuidado de las celdas a unos cuantos desempleados, a los que pagan un pequeño salario, que pasan la mayor parte del día bebiendo chacha, el aguardiente local, y jugando al dominó.

Utsnobi insiste en que la oposición triunfará y Georgia será, algún día, «verdaderamente libre». Hasta entonces promete quedarse en su pequeña prisión.

28 julio 2009

El líder del PKK, Abdullah Öcalan, presenta un plan de paz (y renuncia a la violencia, al socialismo...) (EFE-ADN)

Andrés Mourenza

El histórico líder del ilegalizado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), Abdullah Öcalan, ha anunciado desde la cárcel que el 15 de agosto hará pública una iniciativa para una solución diplomática del conflicto kurdo.

"Ya no soy como antes. El pasado ha quedado atrás. El Estado (turco) tampoco podrá ser nunca más el que era", afirma Öcalan en su último mensaje difundido a través de sus abogados desde la isla-prisión de Imrali, donde está recluido en solitario desde su detención en Kenia en 1999.

Según el diario nacionalista "Hürriyet", que tuvo acceso al plan de Öcalan, la "hoja de ruta" consiste en forjar una alianza entre Turquía y los kurdos, cambiar la actual Constitución (redactada por una Junta Militar) y respetar los derechos culturales de la minoría.

"Antes pensaba que el problema se podía resolver en el marco del socialismo real. Pero ya se ha visto cómo han terminado Rusia y el Cáucaso. Y el socialismo chino no hace sino servir a los intereses de EEUU", afirma el líder del PKK. Declarado terrorista por Turquía, la Unión Europea y Estados Unidos, el PKK surgió como un grupo marxista, pero parece haberse alejado de la ideología con el pasar de los años.

Desde el inicio de su lucha armada contra el Estado turco en defensa de los 12 millones de kurdos que se estima que hay en el país euro-asiático han muerto más de 40.000 personas. Su primera acción militar se produjo precisamente el 15 de agosto de 1984, por lo que la iniciativa de Öcalan será presentada en el 25 aniversario del comienzo de esa guerra no declarada. "La confrontación, la violencia y la muerte no son parte de mi lógica, por eso renuncio a ellas -asegura Öcalan ahora-. Mi base es la política democrática y la libertad. Soy un demócrata radical".

Aunque ya no dirija directamente al PKK, Öcalan está considerado el jefe histórico del nacionalismo kurdo en Turquía, por lo muchos esperan de él un llamamiento a que los militantes kurdos depongan sus armas.

Y las cosas parecen moverse en esa dirección, dentro del movimiento kurdo y también en el Estado y Ejército turco. Por primera vez, el Gobierno y el Ejército parecen estar de acuerdo de que el problema kurdo no se puede solucionar de forma militar, sino que se necesitan también medidas sociales, económicas, políticas y culturales.

En un congreso de intelectuales y activistas kurdos, celebrado este fin de semana en la ciudad suroriental de Diyarbakir, se instó al PKK poner fin a los actos de violencia para abrir el camino a un proceso dialogado.

Pero por ahora el gobierno turco no está dispuesto a ceder la iniciativa a Öcalan y sus insinuaciones de que gobiernos anteriores pensaron en un diálogo a través de mediadores extranjeros, concretamente kurdos de la vecina Irak. El ministro de Asuntos Exteriores, Ahmet Davutoglu, señaló la semana pasada que "Turquía producirá una solución por su propia voluntad" y aseveró que "no hay que buscar bases (para la solución) fuera (del país)". De hecho, el ejecutivo del islamista moderado Recep Tayyip Erdogan asegura que trabaja desde hace meses en una propuesta para una solución dialogada, pero apenas ha dado pasos concretos con la excepción de la apertura de un canal estatal en lengua kurda en enero. Por esa razón, según diversos analistas políticos, el ejecutivo de Ankara espera el plan de Öcalan con "incómoda curiosidad".

Aun así, Ankara ha emprendido ciertas mejoras en la situación carcelaria del cabecilla del PKK y en breve otros nueve presos serán trasferidos a Imrali (situada en el Mar de Mármara) donde, hasta ahora, Öcalan cumple en solitario su cadena perpetua. Además, el gobierno turco quiere mejorar la supervisión de Öcalan en la cárcel para demostrar que éste no es torturado, tal y como habían denunciado en el pasado activistas de derechos humanos.

27 julio 2009

La ciudad balneario de Abjasia en ruinas (El Periódico)

Un edificio gubernamental de Sujumi, donde se refugiaron los últimos soldados georgianos en la guerra de 1993. Foto: Álvaro Deprit
Andrés Mourenza
Sujumi, Abjasia (Georgia)
Si Jasón, que ya tuvo que sudar sangre para robar el Vellocino de Oro, volviese hoy a la Cólquida, las seguiría pasando canutas. El héroe griego llegó surcando las aguas del mar Negro al norte del Reino de Cólquida, que se corresponde con la costa georgiana y la actual región separatista de Abjasia. Pero, hoy en día, el moderno Jasón debería abrirse paso a través de un territorio surcado por las heridas de la guerra, plagado de controles militares e incidentes inesperados.
El recorrido desde el último control militar georgiano hasta Sujumi, la capital abjasia, es una sucesión de exuberantes bosques naturales y selvas de edificios destrozados, apenas transitado por los todoterrenos de las organizaciones humanitarias, milicianos que aún no se han desmovilizado y míseros refugiados que cruzan la frontera para comprobar si los otros han dejado algo recuperable en sus antiguos hogares. El camino es una sucesión tal de baches provocados por la desidia, los tanques y las bombas que los coches deben salirse del asfalto para sortear los agujeros y las vacas son las verdaderas reinas de la zona.
Nuestro vehículo se ha parado en un lado de la carretera y el taxista hurga en el motor, que a cada prueba hace un ruido menos tranquilizador. Así se ha convertido en objeto de las miradas de los escasos vehículos que pasan, algunos repletos de hombres barbudos, de mirada fiera, aterradora. Decía Ryszard Kapuscinski, el maestro de periodistas polaco, que un indicio de la guerra, especialmente en el Cáucaso, es que los hombres se dejan crecer la barba. Así que puede tratarse de milicianos o de una partida de bandoleros, que abundan en estos bosques. No hay una línea que separe a unos de otros: tantos años de combate, tanta violencia, desesperación y pobreza han borrado los ideales.
Finalmente aparece Sujumi. Los veraneantes georgianos que la frecuentaban antes de la caída de la Unión Soviética la recuerdan como un idílico lugar de recreo y vacaciones. Luego comenzaron los enfrentamientos, la huida, la destrucción.
Ahora es una ciudad extraña, con antiguos edificios que recuerdan a la Costa Azul, como el Hotel San Remo, de 1914, junto a vacíos casinos conquistados por la hiedra y bloques de indudable factura soviética que se alzan sobre otros en ruinas, la mayoría. En el puerto, los restaurantes que penetran en el mar como palafitos de hormigón han sufrido la guerra y los bombardeos navales más que nadie: ahora están vacíos y ennegrecidos, poblados de fantasmas y recuerdos.
Últimamente, Sujumi se ha convertido en una suerte de Benidorm para los turistas rusos que optan por unas vacaciones menos caras que las de la vecina Sochi (Rusia) y buscan tostarse al sol turbio del mar Negro, escondido entre ligeras brumas, en este clima subtropical, caluroso y húmedo, de vegetación feraz y palmeras en primera línea de playa.
Los rusos se benefician del cambio local, en rublos, y de viejos balnearios –exclusivamente para ellos– de los tiempos en que eran utilizados por los altos cargos comunistas de la URSS. En algunos, aún cuelgan los retratos de Lenin.

26 julio 2009

Turquía, sin malos humos (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
ESTAMBUL

Cuando, hace dos años, Simone Rosa entró por primera vez en el Gran Bazar y vio la nube de humo que se alzaba sobre el gentío, exclamó: «¡Pues es cierto que esta gente fuma como un turco!» Esta expresión, común en varios países europeos, está a punto de desaparecer con la restrictiva ley antitabaco que entró en vigor hace una semana.

Al Gran Bazar le llegó su hora el pasado año, con la primera fase de la ley –prohibición del tabaco en lugares de trabajo, transportes públicos y centros comerciales– y el pasado domingo le tocó el turno a los bares, restaurantes y cafeterías: a partir de ahora está prohibido fumar en todos estos recintos e incluso en las terrazas bajo ciertos tipos de sombrillas y toldos será imposible hacer uso del tabaco so pena de ser multado con 32 euros los fumadores y entre 260 y 2.600 euros los locales que lo permitan.

Ahorro en sanidad

Y es que el Gobierno turco se ha tomado muy a pecho la eliminación del humo, no solo por el ahorro que supondrá para la sanidad pública (en Turquía mueren 110.000 personas al año a causa del tabaco, por lo que se calcula que dejarán de gastarse unos 2.000 millones de euros) sino también por su intención de proyectar una imagen de Turquía más moderna y europea. «Los turistas ven nuestros restaurantes llenos de humo y se largan. No creo que se deba fumar en los sitios donde se come; de hecho los fumadores son los que más tiempo ocupan las mesas», declaró un restaurador turco al diario Radikal.

Cumplimiento a rajatabla
Aunque parezca una tarea titánica en un país donde fuman una de cada tres personas y se consumen casi 300 millones de cigarrillos al día, la ley fue cumplida a rajatabla en prácticamente la totalidad del país, explicó a este diario el doctor Toker Ergüder, de la Oficina Nacional de Control del Tabaco. Turquía ha dejado para siempre los malos humos.

Sin embargo, no todos son tan optimistas. La mañana del domingo, los tradicionales cafés –lugares donde jubilados y desempleados se juntan para jugar, charlar y fumar– amanecieron desiertos. Solo algunos consiguieron mantener a la clientela colocando las mesas en el exterior. Un día antes, Hakan, se despedía del tabaco en su café habitual y, con cierta pena, acariciaba con una mano el cigarrillo y con otra el vaso de té: «El té y el tabaco son como la mujer y el hombre, no se pueden separar así como así». A su lado, Suleyman, el camarero del local, se mostraba más tranquilo: «La gente se acostumbrará».

En ciertos restaurantes también se ha notado el efecto antitabaco. El lunes, Hasan observaba cómo pasaban de largo los clientes de su habitualmente repleta casa de comidas del barrio de oficinas de Karaköy. «Se van todos a los restaurantes con terraza, donde sí pueden fumar».

Pero quienes ven el futuro más negro son los propietarios de los salones de narguile, la pipa de agua típica de Oriente Próximo. «Nosotros no somos un restaurante, solo comercializamos el narguile. ¿De qué vamos a vivir ahora?», se pregunta Ahmet. «Por el momento, podemos sobrevivir con los narguiles en las terrazas, pero cuando llegue el invierno no sé qué sucederá», añade. Mientras tanto, en su local han comenzado a colgar carteles de un nuevo tipo de narguiles que funcionan solo con hierbas naturales y, supuestamente, no son dañinos para salud. Fumarse un narguile de tabaco equivale a la exposición a unos 100 cigarrillos.

En los bares, la situación es diferente porque nadie duda de que la gente continuará viniendo a estos lugares a divertirse. Eso sí, se está produciendo un cambio: la gente ha comenzado a preferir aquellos que tienen una salida cercana a la calle para poder salir a fumar.

Desconfianza

Al principio, los fumadores laicos, porque también en esto hay divisiones, fueron quienes más desconfiaron de la ley antitabaco y sostuvieron que era un intento del Gobierno islamista moderado para restringir el uso del alcohol (sic), porque no se puede beber raki (el anisado nacional) sin fumarse un cigarrillo; pero la realidad es que, según las encuestas, el 90% de los turcos, incluidos los fumadores, apoyan las medidas antitabaco. En la lejana población de Hasankeyif, un anciano kurdo da profundas caladas a su cigarrillo en un pequeño jardín: «Desde que lo han prohibido, hasta sabe mejor».

----------------------------------------------------------------------------

ACTUALIZACIÓN: En algunos lugares han comenzado a experimentar maneras de mantener la tradición y respetar la ley, puro ingenio (gracias a Ogo por el vídeo).

Hürriyet Video'larını izlemek için Flash 7 veya daha yüksek eklenti yüklenmeniz gerekmektedir. Yüklemek için tıklayınız!!!