01 septiembre 2009

El refugio de los uigures (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA ESTAMBUL

A pesar de sus 72 años, Mahmut Kashgarli conserva unos ojos vivarachos y encendidos, casi de genio de la lámpara, sobre todo mientras cuenta la historia de cómo su familia, al igual que otros muchos uigures del Turquistán Oriental, como llama a la región de Xinjiang (China), se exiliaron en Turquía.

Era el año 1937. Los independentistas uigures supervivientes de la República Islámica del Turquistán Oriental (1933-34) se batían contra los nacionalistas chinos. La señora Zeynep Kashgarli pidió a su hijo Davut que la llevase a celebrar la peregrinación ritual a La Meca, que todo musulmán debe realizar una vez en la vida. Davut preparó todo lo necesario para el viaje y se despidió de su hijo, Mahmut, que entonces tenía seis meses. Ignoraba que no volvería a ver a su familia hasta pasados 45 años.

Los Kashgarli emprendieron un largo periplo para evitar conflictos eligiendo la ruta más larga. Penetraron en la Unión Soviética a través de Kirguistán; de allá a Taskent (Kazajistán), Moscú (Rusia) y Odesa (Ucrania). En un vapor cruzaron el Mar Negro, el de Mármara y el Egeo hasta Esmirna (Turquía) y embarcaron hacia Alejandría (Egipto). Alcanzaron primero El Cairo; luego Yida (Arabia Saudí) y, por fin, apareció ante ellos la ciudad sagrada del Islam: La Meca. Pero, al llegar, se dieron cuenta de que el plazo anual de la peregrinación (Hajj) había expirado el día anterior.

¿Qué vamos a hacer, qué vamos a comer, qué vamos a beber?» Zeynep, desolada, lloraba su mala suerte, pero su hijo la convenció para permanecer en La Meca y realizar el ritual al año siguiente. Cuando se disponían a volver, supieron que los chinos habían dominado todo el Turquistán Oriental y las fronteras estaban cerradas. Nunca más regresaron a su tierra.

Mientras, Mahmut creció y estudió en Urumqi. Se licenció, se casó y comenzó a dar clases de Literatura en la Universidad de Xinjiang. «Había presión política y la gente no podía hablar libremente. Comenzaron a castigar a los profesores de la universidad. Se los llevaban y a algunos los torturaron. Estaba preocupado, porque soy una persona que no se calla las cosas», relata Mahmut Kashgarli. Así que decidió exilarse. Tras un año de espera para que las autoridades chinas le diesen un pasaporte, pudo viajar a Estambul y reunirse con su padre. Corría el año 1982.

Desde entonces, Mahmut Kashgarli ha enseñado en las universidades de Turquía uigur y otras lenguas de raíz turca y ha trabajado para la Fundación del Turquistán Oriental, que ayuda a los más de 30.000 uigures que durante el siglo XX se han exiliado en este país.

Las autoridades turcas y, especialmente los partidos islamistas y nacionalistas, se sienten obligados a acogerlos por los lazos religiosos y culturales que los unen: de aquella lejana tierra surgieron los pueblos turcos que acabarían instalándose en este rincón de Europa. Además, tras la firma de los acuerdos de la Organización de Cooperación de Shanghái, los países vecinos se comprometieron con China a deportar a todos los uigures en situación ilegal en su territorio, algo que no hace Turquía. Salvando las distancias, Turquía cumple para los uigures el papel que Nepal ha desempeñado para los tibetanos.

En el centro histórico

En una antigua madraza del siglo XVI, en pleno centro histórico de Estambul, Hamit Göktürk dirige el trabajo de una asociación uigur. «Somos una especie de consulado. Gestionamos los permisos de residencia de nuestros compatriotas, les preparamos para la universidad, les ayudamos económicamente si hace falta». El patio de este bello edificio otomano también sirve de lugar de encuentro y ceremonias, aunque cada vez menos.

Y es que el grado de integración de los uigures en Turquía es muy alto. «Es fácil porque la lengua es muy parecida», opina Mahmut. «Pero no abandonamos el sueño de vivir, algún día, en un Turquistán Oriental libre». Su mujer, Merih, profesora de biología en China y ahora ama de casa, añade: «Los chinos nos pegan y dicen que somos terroristas. Ellos son los verdaderos terroristas. Pero hemos viajado a muchos lugares y ahora sabemos cómo son los países democráticos. Ya no nos pueden engañar».

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