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10 agosto 2010

Diarios de viaje: La Casa de Cultura (Armenia)

Entre las resquebrajadas losas de piedra del patio que rodea el edificio brotan las malas hierbas. Hace tiempo que Bagaran dejó de depilarse.
Igual que dejó de cuidar de la tienda comunal de provisiones, de las calles y del suministro eléctrico. Igual que quedó abandonada la serrería con sus letras oxidadas. C-C-C-P.
Bagaran es un pueblo a tan solo un riachuelo de distancia de la frontera que separa Armenia de Turquía. Es un pueblo sin Casa de Cultura. Antes la tenía, ahora es sólo un fantasma viejo, un edificio sin uso al que sólo mantienen en pie sus pesados ladrillos de piedra roja.
Tras la caída de la sistema soviético, la dejaron morir poco a poco. Había otras cosas en que pensar: la libertad, la independencia, la nación. La guerra. La guerra con Azerbaiyán, el bloqueo de turcos y azerbaiyanos -en el fondo son todos turcos, todos nos odian-. La falta de recursos dejó a Armenia empantanada, nada funcionaba. No había electricidad. La guerra. La nación, la independencia, la libertad.
Había otras cosas en que pensar.
Los cristales se resquebrajaron y nadie se ocupó de restituirlos. Poco a poco se fueron cayendo también las tuberías. Quizás alguien las arrancó para utilizarlas en su propia casa. A fin de cuentas ya no éramos comunistas. Por fin existía la propiedad privada. La han ocupado las ratas y el olvido.
Gohar, una rechoncha maestra de escuela, lidera a un puñado de vecinos del pueblo que intenta juntar fondos para renovar la Casa de Cultura. Quieren reabrirla. Comprar libros y ordenadores para que los niños puedan estudiar. Es una iniciativa privada, el gobierno armenio ya no está para esas cosas. Bagaran es un pueblo demasiado pequeño, demasiado insignificante para tener una biblioteca estatal. No es rentable. “¿No conocéis a algún filántropo , alguna organización de beneficencia en el extranjero que pueda ayudarnos?”. Sólo ahora se dan cuenta de su error.
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Imagen: Vista de Bagaran y Halikisla (ya en territorio turco) en 2009. La Casa de Cultura es el edificio situado a la derecha (Armenian Reporter)

03 agosto 2010

El ejemplo kosovar da alas a otros estados no reconocidos (El Periódico)

Andrés Mourenza
El puente sobre el Ingur es mucho más que el paso sobre un río. Sus 870 metros de longitud cubiertos de barricadas y bloques de hormigón dan paso a un Estado no reconocido por la comunidad internacional: Abjasia. A un lado del río vigilan los soldados georgianos, mal equipados pese al suministro de EEUU e Israel. Al otro, están los soldados rusos, mejor armados, para evitar que el Ejército de Georgia intente recuperar su antigua provincia por la fuerza.
Como Abjasia, a lo largo de la geografía exsoviética se extienden otros países que formalmente no existen: Osetia del Sur, también desgajada de Georgia en el 2008; Nagorno Karabaj, independizado de Azerbaiyán en 1994; y Transnistria, separada de Moldavia desde 1992. Son estados de facto; es decir que, a pesar de que la mayoría de miembros de la ONU no admite su soberanía, funcionan como estados independientes
LA GUERRA / A nadie se le escapa que el rápido reconocimiento de la independencia de Abjasia por parte de Rusia tras la breve guerra con Georgia de agosto del 2008 tuvo mucho de venganza por la aprobación occidental de la de Kosovo a expensas de Serbia, tradicional aliado de Moscú en los Balcanes. Ahora, el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) avalando la independencia de Kosovo ha sido bien recibido por el Gobierno de Sujumi. «Refuerza el derecho de Abjasia y Osetia del Sur a la autodeterminación», dice Nadir Bitiev, asesor presidencial abjasio.
Osetia del Sur está siguiendo un proceso de integración, sobre todo económica, con Osetia del Norte, situada en la Federación Rusa. En cambio, Abjasia, más celosa de su particular identidad, ha preferido forjar lazos más allá de su vecino del norte, por ejemplo con empresarios de Turquía, donde habita una importante comunidad abjasia. Ambos estados, aún habiendo sido reconocidos por Venezuela, Nicaragua y Nauru, funcionan solo gracias a la ayuda de Moscú. La jefa de la diplomacia de la UE, Catherine Asthon, exigió la pasada semana a Rusia que retire sus soldados de las dos provincias que, formalmente, aún pertenecen a Georgia. «Necesitamos esas tropas para defendernos», contestó Bitiev.
Además de servir para los tejemanejes políticos de las grandes potencias, este tipo de estados son también utilizados por algunos vecinos como proxy (representante) de alto valor geoestratégico, como es el caso de Armenia y Nagorno Karabaj. Según relata el analista Sergey Minasyan, parte del sistema de misiles antiaéreos S-300 –de fabricación rusa– que posee la República de Armenia está situada en el Karabaj, más cercano a la enemiga Azerbaiyán.
A pesar de ello, ni siquiera Armenia reconoce al Karabaj. «Pero a partir de ahora los mediadores internacionales deberán tener en cuenta la decisión de Kosovo en el caso del Karabaj», argumenta Masilyan. Por eso la sentencia del TIJ no ha sentado nada bien en Azerbaiyán, que niega que sirva de precedente.
«La decisión del TIJ no debería tener un impacto en los movimientos separatistas de otras partes del mundo ya que solo ha considerado que la declaración de independencia no es ilegal, sin pronunciarse sobre el derecho de un territorio a independizarse», dice Paola Gaeta, profesora de Derecho Internacional de la Universidad de Florencia: «Pero será instrumentalizada, porque los políticos siempre usan los documentos legales para sus propios fines».
Lo cierto es que la decisión sobre Kosovo ha creado un precedente, dando alas a los gobiernos separatistas, tal y como reclama Bitiev: «Abjasia no es un territorio georgiano, nunca lo fue ni lo será jamás».

27 abril 2010

Testimonio de una de las últimas supervivientes del "Genocidio Armenio" (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
EREVÁN / ENVIADO ESPECIAL
El carro se detuvo al llegar al desfiladero. Los soldados turcos disparaban desde una colina y los armenios que escapaban a toda prisa de Kars (en el noreste de la actual Turquía) habían abandonado los vehículos en medio del camino y corrían, monte a través y presas del pánico, para alcanzar el puente sobre el río Akhurian. Al otro lado estaba Armenia, su salvación.
Yelena Abrahamian, de 7 años, viajaba en el carromato con las mujeres de la familia, sus hermanos y sus primos. «¡Qué bella era Kars!». La ciudad se hallaba desde 1878 bajo control ruso, lo que permitió a los armenios que allí habitaban escapar a las deportaciones ordenadas por el Gobierno otomano desde 1915. Pero ese abril de 1918 los turcos habían regresado para recuperar lo que consideraban que era suyo. El señor Abrahamian, profesor de matemáticas en la escuela de Kars, marchó a combatir junto a la milicia armenia, dejando a sus hijos al cuidado de la abuela. «Recuerdo que mi familia siempre lo tenía todo preparado para huir».
Dada por muerta
La pequeña armenia fijó su mirada en una pareja: un padre y un hijo que corrían mientras las balas levantaban pedazos de tierra a su alrededor. Una de las balas alcanzó al niño y este cayó a tierra con un grito que, para Yelena, parecía contener todo el dolor que padecían los armenios. Se desmayó.
Cuando recobró la conciencia su familia había desaparecido dándola por muerta. Junto a ella yacía su prima con las piernas destrozadas. «Estuve hablando con ella un buen rato hasta que me di cuenta de que no contestaba. Había muerto, pero para mí era impensable, ella solo tenía 4 años». Yelena bajó del carro y se unió a la multitud que huía. Llovía. Las balas seguían cayendo alrededor.
Alcanzó el puente de madera. Era tan estrecho que, ante ella, un hombre cayó al río, cuyas aguas de primavera arrastraban cadáveres, vestidos y objetos que habían sido arrojados al río por los soldados turcos. Yelena pensaba que también caería al río pero, de repente, un hombre bondadoso la cogió en brazos y la transportó a la otra orilla. «¿Cómo pudo soportar el puente el peso de todos nosotros sin romperse? Dios nos ayudó». A salvo de los disparos, la niña logró reencontrarse con los que quedaban de su familia: su tía y su abuela, quien, con una herida en la cabeza, sostenía a uno de los nietos en brazos.
«Todavía hoy me pregunto cómo los turcos pudieron disparar contra tanta gente inocente», explica Yelena en su casa de Ereván, un soviético inmueble de piedra de la década de 1920. En su salón, decorado con viejos muebles y tapices, cuelgan varios cuadros pintados por ella. Paisajes y marinas de colores alegres, ale- jados del dolor de aquellos días en los que huyó de Kars. A sus 99 años, Yelena Abrahamian es uno de los últimos testigos vivos de la gran tragedia armenia.
Foto: Álvaro Deprit

26 abril 2010

El freno al acercamiento entre Turquía y Armenia marca la conmemoración (El Peródico)

«¡Que les jodan a los turcos!», gritan unos jóvenes con antorchas en una de las marchas que recuerdan, como cada 24 de abril, el inicio de las deportaciones ordenadas por el Imperio otomano en 1915, en las que murieron un millón de armenios. Este año, la conmemoración del genocidio –que los turcos niegan– ha llegado en un momento en que Armenia ha congelado temporalmente el proceso de acercamiento a Turquía, lo que ha sido bien acogido por los nacionalistas de ambas partes.
«Estamos contentos con la decisión», comenta Sarkis Bedoyan, miembro de la Diáspora Armenia en Francia, que cada año presenta sus respetos a las víctimas del genocidio en Ereván. La Diáspora rechaza el compromiso con Turquía, ya que reúne a los descendientes de las víctimas. «Sabemos que los habitantes de Armenia necesitan oxígeno, que se abra la frontera turca y poder comerciar con sus vecinos, así que no debemos imponer nuestra voluntad», dice sin embargo Bedoyan.

25 marzo 2010

Transcaucasia Exprés at Explorer Mikael Strandberg's blog

Recently I had the pleasure of being invited to write a piece for the blog of the famous Swedish explorer Mikael Strandberg, fellow of the Royal Geographical Society. As the matter of the blog is travel and adventure, I took this opportunity to translate a piece of Transcaucasia Exprés: the most adventurous one, that is the one that led us through the dusty roads of southern Georgia to the border of Armenia. Enjoy"Riding the wind of Georgia in a Soviet Lada".

08 marzo 2010

El gobierno turco llama a consultas a su embajador en EEUU en protesta por la aprobación de una moción sobre el genocidio armenio

Ankara ha llamado a consultas a su embajador en Washington, en protesta por la aprobación en la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes de EEUU de una moción a favor del reconocimiento del genocidio armenio.

El Gobierno que dirige Recep Tayyip Erdogan informó de esta decisión en un comunicado, tras "condenar" la votación. La votación tuvo lugar este jueves en Washington y fue seguida por los medios de comunicación turcos como si se tratase de unas elecciones. Numerosos políticos y diplomáticos turcos se desplazaron a Estados Unidos para influir, junto al 'lobby' turco-estadounidense, a favor del "no", mientras el grupo de presión armenio de la diáspora lo hacía por el "sí". Finalmente el resultado fue muy ajustado, ya que el "sí" ganó por sólo 23 apoyos frente a 22 opiniones en contra. Ankara ha amenazado con que esta votación tendrá consecuencias negativas en los vínculos con Washington y que podría detener el proceso de normalización de relaciones con Armenia.

Ereván afirma que en torno a un millón y medio de armenios murieron en las deportaciones masivas de ciudadanos armenios del Imperio Otomano, antecesor de Turquía, ordenadas durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, Turquía asegura que esos números son "falsos" y que grupos de armenios armados, que tomaron partido por Rusia durante la contienda, también mataron a miles de musulmanes.

Turquía cerró su frontera con Armenia en 1993, a raíz de la guerra que enfrentó a armenios y azerbaiyanos por el control del enclave de Nagorno-Karabaj, situado en suelo azerbaiyano, pero bajo control armenio.

Frontera común

En 2008, Ereván y Ankara comenzaron un proceso de acercamiento y el pasado año ambos países firmaron en Suiza una serie de protocolos destinados a normalizar sus relaciones y abrir la frontera común. Uno de los obstáculos es que Azerbaiyán, con grandes recursos energéticos y tradicional aliado de Ankara, no ve con buenos ojos el pacto con Armenia debido al conflicto de Nagorno-Karabaj. Este enclave dio pie a una guerra (1991-1994) que se cerró con un alto el fuego, pero sin definir su estatus.

10 febrero 2010

15 octubre 2009

Turquía y Armenia escenifican la reconciliación con un partido de fútbol (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
ESTAMBUL

Turquía y Armenia disputaron ayer un partido de fútbol previo del Mundial 2010 donde el juego quedó en un segundo plano. Lo más importante sucedió en las gradas y en el palco, donde los presidentes armenio, Serj Sarkisian, y turco, Abdulá Gül, seguían los movimientos de la pelota juntos. Era el símbolo de las nuevas relaciones entre ambos países, cuya primera piedra puso el propio Gül el pasado año al visitar Ereván, la capital armenia, con ocasión del partido de ida entre las selecciones armenia y turca. «No estamos escribiendo la historia, la estamos haciendo», afirmó ayer Gül al anunciarque en el plazo de un año se darán «pasos importantes».

La de ayer fue la primera visita de un presidente de Armenia a Turquía con el objetivo de tratar directamente asuntos bilaterales –hubo otras antes, pero para asistir a reuniones de organismos internacionales–y, sobre todo, fue el primer acto conjunto tras la firma, el pasado sábado en Zúrich, de los protocolos destinados a normalizar las relaciones diplomáticas entre dos países enfrentados desde hace casi un siglo.

La oposición nacionalista turca continúa criticando el deshielo entre Turquía y Armenia, así como Azerbaiyán, aliado de Ankara y enfrentado con el Gobierno de Ereván. Ayer el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, recibió a una delegación de diputados azerís que viajaron a Ankara para protestar contra el acuerdo turco-armenio.

Para evitar incidentes, las autoridades turcas reservaron la mitad de las 18.000 plazas del estadio Atatürk de Bursa a sus propios invitados, y se prohibió introducir pancartas o cualquier bandera que no fuese la de los equipos en juego. Solo unos pocos miles de entradas fueron puestas a la venta en Turquía con el fin de impedir que la peña Texas, formada por seguidores nacionalistas del Bursaspor, el equipo local, copase las gradas.

«COMO TERRORISTAS» / Desde la mañana, numerosos aficionados se congregaron ante el estadio para exigir que se pusiesen a la venta más entradas. «Nos tratan como si fuésemos terroristas y lo único que queremos es ver a la selección», se quejó Can Menekse, nacido en Bursa.

A medida que se acercaba la hora del partido, grupos de jóvenes con banderas de Azerbaiyán se acercaron a los alrededores del estadio en medio de un ambiente tenso por la amplia presencia policial. Para los nacionalistas, Turquía y Azerbaiyán son «dos estados y una sola nación», por lo que el acuerdo con Armenia supone una traición a los hermanos azerís. «Creemos que Turquía está actuando de forma equivocada al establecer relaciones con Armenia sin que se haya resuelto la invasión de Alto Karabaj, por eso protestamos», explicó a este diario Polat, un estudiante azerí en Bursa.

Sin embargo, no todo fueron gestos negativos. Antes del partido se liberaron varias decenas de palomas blancas, símbolo de la paz, y los miembros de Sivil Gençler, una asociación juvenil que promueve la democracia en Turquía, hizo un recordatorio del periodista turco de etnia armenia Hrant Dink, asesinado en 2007 por una banda ultranacionalista. Las principales patronales de Turquía y Armenia se reunieron también ayer y acordaron «impulsar las relaciones económicas» entre los dos países, que aún son escasas debido al cierre de fronteras.

EL PÚBLICO PREFIERE LOS SILBIDOS QUE CANTAR UNA CANCIÓN DE AMOR

Existe una triste canción de amor llamada Sari Gelin –La novia rubia– común a la tradición popular de turcos, armenios y azerís. Era la melodía preferida del periodista de etnia armenia Hrant Dink, asesinado en 2007 en Estambul. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, pidió que se convirtiera en el símbolo del partido de ayer. «No importa quien la inventase, lo que importa es que al escucharla a todos nos conmueve», dijo Erdogan. Los deseos de Erdogan no fueron colmados. El ambiente en el partido fue tenso y los seguido prefirieron silbar al equipo armenio y cantar «Turquía, Turquía».

14 octubre 2009

La bandera de Azerbaiyán crea polémica antes del partido Turquía-Armenia

La bandera de Azerbaiyán se ha convertido en el centro de una polémica un día antes del partido de fútbol que disputarán las selecciones de Turquía y Armenia.

La delegación del gobierno de Bursa, ciudad del noroeste de Turquía donde se disputará el encuentro, había prohibido que los seguidores llevasen al estadio otra bandera que no fuese la de los dos equipos en juego. La medida se tomó después de los incidentes protagonizados por la peña Texas, seguidores ultranacionalistas del Bursaspor, en el partido que su equipo disputó frente a un equipo de Diyarbakir, una ciudad poblada mayoritariamente por kurdos. CONTINUAR LEYENDO

El contencioso de Alto Karabaj frena el deshielo turco-armenio (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
ESTAMBUL

El acuerdo alcanzado por Turquía y Armenia este fin de semana para establecer relaciones diplomáticas tras un siglo de tensión chocaron ayer con duras críticas por parte de los nacionalistas de los respectivos países y las protestas de Azerbaiyán, aliado de Ankara pero enfrentado a Ereván a causa de la invasión armenia de Alto Karabaj y las provincias azerís circundantes.

«La normalización de las relaciones de Turquía con Armenia mientras continúe la ocupación armenia va contra los intereses nacionales de Azerbaiyán y puede dañar nuestras relaciones con Turquía», amenazó el Ministerio de Exteriores azerí en un comunicado. «Se trata de un paso importante», defendió por su lado el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, y añadió que la firma de los protocolos puede abrir la puerta a una amplia cooperación entre las empresas de ambos países.

APERTURA DE FRONTERA / De hecho, a los gobiernos de Armenia y Turquía les han llovido las felicitaciones internacionales, incluida la del Gobierno español. Sin embargo, Erdogan avisó de que si Bakú y Ereván no solucionan sus diferencias, la apertura de la frontera turco-armenia será improbable».

El ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, ya avisó de que la aprobación de los protocolos en el Parlamento turco será difícil si no se avanza en la solución del conflicto de Alto Karabaj. Davutoglu recordó que podría repetirse la situación del 2003, cuando el Gobierno de Erdogan hizo votar al Parlamento turco un permiso para que las tropas estadounidenses usasen suelo turco en su invasión de Irak. Entonces, los diputados islamistas moderados votaron en contra de lo indicado por su líder, haciendo fracasar la propuesta.

En Armenia las cosas no están mejor y la oposición al presidente, Serj Sarkisian, ha criticado el acuerdo con Turquía, lo que ha obligado al mandatario a publicar una carta en la que afirma que establecer «relaciones con Turquía no significa cuestionar el genocidio armenio», que Ankara niega haber cometido.

RECHAZO AL PROTOCOLO / Los armenios de Alto Karabaj han asegurado que no reconocen los protocolos firmados por el Gobierno de Sarkisian con Turquía y que de ningún modo abandonarán la zona.

«(En estos años), ni el mundo ha cambiado, ni tampoco lo ha hecho el turco», dice una armenia de Nagorno-Karabaj en una carta publicada en el diario armenio Hetq: «La paz y el renacimiento de Armenia sólo serán posibles si las puertas de nuestro país son fuertemente defendidas por el poder de nuestros hombres, en el nombre de la vida y del honor. Ni una pulgada de nuestra tierra debe ser entregada al enemigo».

11 octubre 2009

Turquía y Armenia ponen fin a un siglo de odio y sellan la paz (El Periódico )

  1. Los dos estados firman protocolos para abrir la frontera y establecer relaciones
  2. Nacionalistas radicales de ambos países protestan en la calle contra el pacto
ANDRÉS MOURENZA
ESTAMBUL
Por primera vez en la historia, Turquía y Armenia aprobaron ayer normalizar sus relaciones diplomáticas. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, apenas pudo pegar ojo la noche anterior: «Es un día histórico», comentó a la prensa poco antes de partir hacia Zurich (Suiza) donde el político turco y su homólogo armenio, Edvard Nalbandian, firmaron una serie de protocolos que prevén el establecimiento de relaciones, la apertura de la frontera común y el establecimiento de una comisión de expertos que estudie el llamado «genocidio armenio».
Aunque Turquía fue uno de los primeros estados en reconocer la independencia armenia tras la caída de la URSS en 1991, nunca establecieron relaciones diplomáticas plenas debido a la invasión por parte de Armenia de Nagorno-Karabaj y otras siete provincias pertenecientes a Azerbaiyán, aliado de Ankara.

DESTACADOS POLÍTICOS / La presencia en Suiza de destacados políticos internacionales --la secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton, el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el Alto Representante de Política Exterior de la UE, Javier Solana, entre otros-- indica la importancia que otorgan los grandes poderes a la pacificación de esta zona del Cáucaso Sur, imprescindible para el tránsito energético desde Asia Central a Occidente.
En los últimos años se han producido acontecimientos claves en la región, como el acercamiento a Rusia de Turquía y Azerbaiyán --aliados de EEUU-- o la guerra ruso-georgiana del 2008, que minó la credibilidad de Tbilisi como socio de Bruselas y Washington. Así se ha impulsado el acercamiento de Turquía y Armenia, tradicionalmente fiel a Moscú.
El primer gesto de distensión se produjo el pasado año gracias a la llamada «diplomacia del fútbol» ya que el presidente turco, Abdulá Gül, visitó Armenia por primera vez con ocasión del partido entre las selecciones de Turquía y Armenia. Ahora se espera que su homólogo armenio, Serj Sarkisian, viaje el miércoles a Turquía para el partido de vuelta.

RATIFICAR LOS ACUERDOS / A pesar del importante paso dado ayer, el camino aún no está libre de obstáculos, ya que ahora los parlamentos de los respectivos países deben ratificar los acuerdos. Además, el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, ha dejado claro que no se abrirá la frontera con el país caucásico hasta que Armenia solucione sus problemas con Azerbaiyán.
El viernes, armenios y azerís se reunieron en la ciudad de Chisinau (Moldavia) para intentar avanzar en la solución del conflicto, pero la reunión no produjo demasiados resultados. Ankara exige a Ereván que, como signo de buena voluntad, retire sus tropas al menos de las siete provincias azeríes que rodean Nagorno-Karabaj y que también fueron ocupadas por los armenios.
Además, tanto en Turquía como en Armenia existe una fuerte oposición nacionalista que critica los acuerdos. El viernes, 10.000 personas se manifestaron en la capital armenia con pancartas en las que se leían ninguna concesión a los turcos y no se puede negociar el genocidio y en las visitas de Sarkisian a diversos países donde habita la diáspora armenia se le recibió con protestas y gritos de «traidor». Por eso la presencia del cantante franco-armenio Charles Aznavour en la ceremonia de la ciudad suiza fue interpretada como un mensaje para que el resto de la diáspora dé su brazo a torcer y acepte el acuerdo con Turquía.

La muestra más palpable de los roces entre los dos países, tuvo lugar poco antes de la firma del acuerdo, que se retrasó tres horas a causa de las reticencias de ambas delegaciones respecto al redactado de los acuerdos y que sólo pudieron ser superadas gracias a la presión de Hillary Clinton.

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04 septiembre 2009

Batumi: la gran fuente de las pequeñas ilusiones (El Periódico)

Andrés Mourenza

«Mierda de Gobierno!», escupe Viktor al ver los precios de la gasolinera. Han vuelto a subir. En el ambiente flota un calor húmedo y Víktor, un taxista de 62 años, conduce su viejo automóvil a lo largo del litoral de la República Autónoma de Adjara, en el suroeste de Georgia, con la camisa abierta sobre el pecho. «En la época de los comunistas toda la costa estaba llena de pensiones, venían rusos e incluso europeos. Ahora a los rusos no les dan visados y hasta las natachas [prostitutas rusas] se fueron a Turquía al abrirse la frontera, hace ya 20 años».

Aun así, Batumi, la capital de Adjara, sigue siendo uno de los centros del escaso turismo que visita Georgia y también uno de los pocos lugares a los que los georgianos se pueden permitir viajar de vacaciones.

Hasta hace unos años, Adjara era el feudo de Aslan Abashidze, apodado el Sultán Rojo porque fue comunista cuando había que serlo, musulmán practicante tras la independencia, capitalista cuando tocaba y siempre atento a que su familia tuviese buenos puestos de mando. Pero el presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, se plantó con el Ejército en Batumi para forzar la dimisión del señor de Adjara y colocar a un discípulo suyo.

Lo primero que hizo Saakashvili tras la reconquista fue prometer que convertiría Batumi en el Mónaco del mar Negro, y se puso manos a la obra. Por todos lados surgen edificios en construcción, la mayoría inversiones de empresarios turcos. Incluso ordenó edificar una gigantesca estatua en honor a la heroína mitológica Medea que costó medio millón de euros. La escultura de la amante de Jasón fue polémica, ya que la mitad de los georgianos viven por debajo del umbral de la pobreza, pero para Saakashvili Medea bien valía esa cifra: es el símbolo del encuentro entre la cultura georgiana y Europa y el Gobierno está empeñado en demostrar su europeidad.

Aunque el mayor interés de Batumi es su centro histórico, de aire mestizo y casas de principios del siglo XX, cuando la fiebre del oro negro convirtió al puerto de Batumi en un importante nudo comercial, sus mayores atracciones son la playa y las diversiones veraniegas. Por la noche brillan los neones de las discotecas y los de pequeños locales de tragaperras o salas de póquer. A espaldas de la costa, nubes con formas caprichosas –planas como brumas vespertinas unas, esponjosas otras– se engarzan en las altas montañas de espesos bosques añadiendo al conjunto un toque casi tropical.

En el bulevar cercano al paseo marítimo, los turistas caucásicos se sientan a comer pipas ante una inmensa fuente decorada con estatuas de plástico kitsch. Los chorros de colores se elevan al cielo, acompañados de la potente música que surge de altavoces ocultos entre exóticas especies vegetales de los jardines. Ante tal derroche de agua, luz y sonido, los jóvenes georgianos, que en sus ciudades y pueblos del interior sufren los cortes de agua y las averías de las pobres instalaciones eléctricas, se maravillan. Por eso no es extraño que ellos, que no conocieron los tiempos de cierta bonanza que recuerda el taxista Viktor, hablen de Batumi como si fuera el paraíso.

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Foto: Fuente iluminada del bulevar de Batumi (Álvaro Deprit)

27 julio 2009

La ciudad balneario de Abjasia en ruinas (El Periódico)

Un edificio gubernamental de Sujumi, donde se refugiaron los últimos soldados georgianos en la guerra de 1993. Foto: Álvaro Deprit
Andrés Mourenza
Sujumi, Abjasia (Georgia)
Si Jasón, que ya tuvo que sudar sangre para robar el Vellocino de Oro, volviese hoy a la Cólquida, las seguiría pasando canutas. El héroe griego llegó surcando las aguas del mar Negro al norte del Reino de Cólquida, que se corresponde con la costa georgiana y la actual región separatista de Abjasia. Pero, hoy en día, el moderno Jasón debería abrirse paso a través de un territorio surcado por las heridas de la guerra, plagado de controles militares e incidentes inesperados.
El recorrido desde el último control militar georgiano hasta Sujumi, la capital abjasia, es una sucesión de exuberantes bosques naturales y selvas de edificios destrozados, apenas transitado por los todoterrenos de las organizaciones humanitarias, milicianos que aún no se han desmovilizado y míseros refugiados que cruzan la frontera para comprobar si los otros han dejado algo recuperable en sus antiguos hogares. El camino es una sucesión tal de baches provocados por la desidia, los tanques y las bombas que los coches deben salirse del asfalto para sortear los agujeros y las vacas son las verdaderas reinas de la zona.
Nuestro vehículo se ha parado en un lado de la carretera y el taxista hurga en el motor, que a cada prueba hace un ruido menos tranquilizador. Así se ha convertido en objeto de las miradas de los escasos vehículos que pasan, algunos repletos de hombres barbudos, de mirada fiera, aterradora. Decía Ryszard Kapuscinski, el maestro de periodistas polaco, que un indicio de la guerra, especialmente en el Cáucaso, es que los hombres se dejan crecer la barba. Así que puede tratarse de milicianos o de una partida de bandoleros, que abundan en estos bosques. No hay una línea que separe a unos de otros: tantos años de combate, tanta violencia, desesperación y pobreza han borrado los ideales.
Finalmente aparece Sujumi. Los veraneantes georgianos que la frecuentaban antes de la caída de la Unión Soviética la recuerdan como un idílico lugar de recreo y vacaciones. Luego comenzaron los enfrentamientos, la huida, la destrucción.
Ahora es una ciudad extraña, con antiguos edificios que recuerdan a la Costa Azul, como el Hotel San Remo, de 1914, junto a vacíos casinos conquistados por la hiedra y bloques de indudable factura soviética que se alzan sobre otros en ruinas, la mayoría. En el puerto, los restaurantes que penetran en el mar como palafitos de hormigón han sufrido la guerra y los bombardeos navales más que nadie: ahora están vacíos y ennegrecidos, poblados de fantasmas y recuerdos.
Últimamente, Sujumi se ha convertido en una suerte de Benidorm para los turistas rusos que optan por unas vacaciones menos caras que las de la vecina Sochi (Rusia) y buscan tostarse al sol turbio del mar Negro, escondido entre ligeras brumas, en este clima subtropical, caluroso y húmedo, de vegetación feraz y palmeras en primera línea de playa.
Los rusos se benefician del cambio local, en rublos, y de viejos balnearios –exclusivamente para ellos– de los tiempos en que eran utilizados por los altos cargos comunistas de la URSS. En algunos, aún cuelgan los retratos de Lenin.

21 julio 2009

Crónica desde Gori: La sombra del georgiano de acero (El Periódico)

Foto: Plaza del Ayuntamiento de Gori, con la estatua de Stalin (Álvaro Deprit)
Andrés Mourenza

El fluorescente estropeado parpadea sobre uno de los cientos de retratos de Iosef Besarionis dze Jughashvili dando a la sala del viejo museo un aire entre siniestro y sórdido. Con la luz tenue que se filtra por las ventanas y la escasa iluminación las fotos, los objetos y los cuadros adquieren un aspecto de figuras de cera. Este palacio blanco de piedra y mármol edificado en los años cincuenta es uno de los último lugares donde se venera la figura del georgiano más famoso del siglo XX: Stalin.

«Es un personaje controvertido en Georgia», explica Nati entre las pequeñas pausas que se toma para respirar mientras recita de corrido la biografía de Stalin, hijo pródigo de Gori. Lo que quiere decir es que, por extraño que parezca a los visitantes occidentales, la figura del dirigente soviético es todavía reverenciada por los georgianos.

«Durante el Gobierno de Stalin, Georgia floreció y hubo una gran inversión en industria y cultura», se justifica la joven guía. La exposición sobre la vida del segundo líder de la URSS continúa intacta desde los años setenta, como un paréntesis del pasado. «Lo único que hemos añadido ha sido una sección sobre las purgas, porque ahora sabemos que también hubo cosas malas», añade Nati mientras señala una esquina con los retratos de Leon Trotsky y otros purgados.

Las paredes de la Stalinis Gamziri, la principal avenida de Gori, aparecen acribilladas a balazos, resultado de la ocupación de la ciudad por parte del Ejército ruso durante la guerra del pasado agosto. Entonces se dio una situación curiosa: los rusos disparaban contra la calle del que fue su líder y los georgianos, defensores de Stalin, acusaban a Rusia de represora. También en otras ciudades georgianas continúan existiendo calles, avenidas y estatuas en honor al dictador. Todas las referencias al periodo comunista han sido eliminadas, excepto las de Stalin.

Y es cierto que la relación de los georgianos con Stalin es un tanto peculiar. Shota, que trabaja como traductor de los militares de EEUU en Georgia, defiende con la misma vehemencia al presidente proestadounidense Mijeil Saakashvili y a Iosef Stalin. Ambos son vistos como personas con arrestos, paradigmas de la hombría y la georgianidad.

«No solo Stalin o Lavrenti Beria eran georgianos, también había académicos georgianos que vivían en Moscú en tiempos de la URSS y las mujeres rusas los preferían por encima de los rusos, porque nosotros somos mucho más masculinos», opina Misha. No en vano, Stalin significa en ruso hombre de acero.

Con todo, el Museo de Stalin, al que las guías de viajes consideran el mejor museo del país, no parece muy frecuentado. «Antes de la guerra venían muchos turistas, ahora ya no tantos», asegura Nati. Los georgianos tienen cosas mejores que hacer: estar atentos a cuándo cortarán el agua o se irá la corriente eléctrica, por ejemplo. Frente al museo se levanta la humilde morada de ladrillo y madera donde nació Iosef, ahora cubierta por un inmenso dosel marmóreo que lo resguarda de las inclemencias del tiempo y de la historia. Una anciana hace ejercicios bajo el monumento, buscando la sombra para protegerse del sol violento del Caúcaso.

19 julio 2009

Georgia: tras los pasos de la guerra

Día 1 de julio. Check-Point del río Ingur. Son las cuatro de la tarde y el calor es asfixiante. Los soldados abjasios nos retienen en lo que para ellos es su frontera y para los georgianos sólo una Administrative Border Line de su tierra, una tierra ocupada por el enemigo extranjero. Un kilómetro más allá, tras cruzar el puente sobre el Ingur, comienza el territorio controlado por Tbilisi, adonde pretendemos volver.
'No hay ningún problema -nos repiten los soldados-. Sólo esperamos la llamada del Ministerio y os podréis ir'. Llevamos una hora y media en el puesto fronterizo y yo empiezo a estar preocupado. Esperábamos que ocurriese algo por el estilo, pero por alguna razón, estoy nervioso.
-Llamen al señor Shamba -les intento explicar en inglés y ellos responden haciendo gestos para que me tome la espera con calma. 'Da, da, da', dicen en ruso. El señor Shamba es el ministro de Asuntos Exteriores de la República de Abjasia, una región separatista escindida de Georgia. Esta mañana lo hemos entrevistado en su despacho de Sujumi.
Álvaro, en cambio, está más tranquilo. Sentado con la espalda sobre la chapa de un barracón que nadie utiliza ya. Dentro hay una mesa camilla para posibles urgencias militares. Tiene razón, no tenemos que ponernos nerviosos. De hecho, los soldados nos miran entre extrañados y divertidos, somos su único pasatiempo. De vez en cuando, alguna anciana intenta cruzar la frontera hacia Georgia y los soldados le niegan el paso (sólo a algunos, con ciertos permisos, les dejan pasar, a pesar de que según los acuerdos los check-points deberían estar totalmente abiertos), pero, aparte de eso y de ver vídeos en el teléfono móvil, los militares del puesto de control no tienen otra cosa que hacer. Esperar.
Finalmente, llega uno de ellos con nuestros pasaportes y nos desea buen viaje. Nos cargamos las mochilas y comenzamos a recorrer la tierra de nadie que nos separa de Georgia. Llevamos casi dos semanas de viaje por este país, las camisetas empapadas de sudor, barba de varios días, olemos mal. La noche en Sujumi ha sido de película. Dormíamos en una caseta de paredes de plástico junto a una vivienda particular que alquila camas a los escasos viajeros occidentales que se acercan hasta Abjasia. Tras conseguir adaptarme a los alambres del colchón -a eso de las cuatro de la mañana-, comenzaron a cantar los gallos de todo el barrio. Luego se callaron de repente y una tromba de agua monzónica comenzó a caer sobre la ciudad. Ya estaba bendiciendo la lluvia por hacer callar a los dichosos gallos cuando Álvaro, empapado, me despertó quejándose de una gotera sobre su cama. Se dirigió a la puerta y, allí mismo, se encontró a la señora de la casa con una palangana entre las manos cotorreando en ruso como si fuésemos sus vecinos. No habíamos terminado de arreglar las camas y colocarnos de un modo en que pudiésemos dormir sin tocar la palangana y un chorro de agua comenzó a caer también sobre mí. ¡Mierda! Por la mañana, en cuanto se terminó la entrevista, decidimos poner los pies en polvorosa. Nos quedaban los rublos justos para pagar al taxista el viaje hasta el río Ingur que, desde Ochamchira, es una carretera desolada, llena de baches y bandidos. En Sujumi no hay cajeros automáticos. 'Si necesitáis dinero, podéis ir a sacar a Sochi, en Rusia', nos dijo una funcionaria.
Cruzamos el puente del río Ingur. De vez en cuando pasan todoterrenos de las Naciones Unidas, que está liando los bártulos pues su misión aquí ya ha terminado (Rusia bloqueó la prolongación del mandato en el Consejo de Seguridad). Hemos abandonado Abjasia y sólo esperamos que los policías georgianos no nos retengan tanto como los abjasios, porque queremos llegar a Batumi (cerca de la frontera con Turquía) antes de que anochezca. Afortunadamente, los perezosos agentes de la frontera, que guardan el paso repantingados en un viejo Lada a la sombra de un árbol, apenas nos miran los pasaportes, ni siquiera intentan comenzar una discusión futbolísitica sobre el Real Madrid o el FC Barcelona. Respiramos aliviados.
Un poco antes de llegar al segundo y último puesto de control, comenzamos a escuchar a lo lejos una canción "lolololo lolololololo". Al cabo de unos minutos, nos alcanza la tartana -un pequeño carromato cubierto por una tela de plástico azul y tirado por un viejo caballo- que hace el servicio entre el puesto de control georgiano y el abjasio y se dedica a transportar a las escasas personas que se atreven a cruzar la frontera -normalmente refugiados georgianos que vuelven a Abjasia a intentar recuperar lo que ha quedado de sus casas-. El conductor de la tartana nos invita a montar para hacer los últimos metros hasta el fin de la frontera con él. Está visiblemente bebido y parece sacado de un film de Kusturica, por si la situación no es lo suficientemente surrealista. Canta para nosotros. No podemos evitar sonreír y acompañarlo en su canción: Lololololo lololololo.
Con buen humor nos montamos en el primer taxi que nos ofrece un precio razonable hasta Batumi. Conduce un mingrelio de Zugdidi, rubicundo y de pocas palabras. Fumamos contentos por haber salido del atolladero de Abjasia y, pasado Poti, comenzamos a dormir con el traquetreo del camino, seguros de que llegaremos temprano a Batumi. Sin embargo, nos despierta un frenazo del taxi.
Dos coches de policía han detenido al taxi para un control rutinario. Desde hace algunos meses la policía de Georgia disfruta de nuevos coches y sueldos de hasta 300 euros (un lujo aquí), para evitar tentaciones de la corrupción. Con sus flamantes autos, parecen felices como niños con un juguete nuevo y se dedican a detener a los vehículos con un estilo y una profesionalidad de película americana. Con buenos modales le preguntan al conductor de donde viene y adonde va. Le piden la documentación. Todo en regla. Finalmente reparan en nosotros. Tenemos pinta de extranjeros.
-¿Dónde los ha recogido? -Le preguntan al taxista. Y el buen hombre, con su sinceridad pueblerina, les responde que en la frontera con Abjasia. La hemos cagado. ¡Pasaportes!
El agente se queda estupefacto cuando observa la cantidad de sellos fronterizos que tenemos. En una semana hemos viajado por toda Georgia e incluso hemos pasado a Turquía para ver un festival taurino. 'Somos turistas', le decimos. Y, como buenos chicos, salimos del coche y nos ponemos a jugar al fútbol con una piña.
Los policías llaman a la comisaría de Poti, no saben qué hacer. Llega otro agente. Mira los pasaportes del derecho y del revés. Siguen sin saber qué hacer. Álvaro y yo procuramos mostrarnos relajados. Lo que más tememos es que registren las mochilas y vean la cámara de fotos profesional y los portátiles. O que descubran, escondido en mi mochila, un libro que me han dado los abjasios: 'Abjasia: Bases legales de la estatalidad y la soberanía'. Eso sería el fin.
Al cabo de media hora, llega un viejo Lada granate, con lo que parece un comisario y un policía que habla inglés.
-¡En buen lío os habéis metido! ¿No sabéis que no se puede ir a Abjasia?-exclama el comisario.
-¿Por qué? ¿No es parte de Georgia?
- Pero ya sabéis, está invadido por nuestros enemigos.
-Bueno... -imposto voz de buen chico- sabíamos que había problemas pero no que no se pudiese ir.
-Hay una ley que dice que tenéis que pedir un permiso especial en Tbilisi -dice el comisario. El traductor le mira extrañado y el otro le hace un gesto como diciendo: tú traduce, traduce. Sabemos que es mentira. No está prohibido ir a Abjasia, sólo es que les jode que vayan los extranjeros, así que seguimos haciéndonos los inocentones.
-Disculpen, no lo sabíamos.
-Mirad, nuestros países, España y Georgia, son países amigos. Nosotros no queremos que haya problemas entre nuestros países, pero vosotros habéis hecho algo que está muy mal. Tenéis que acompañarnos a comisaría.
El policía me ordena introducirme en el pequeño Lada granate y pide a Álvaro que se meta en el taxi y nos siga. Desde su asiento de copiloto, el comisario observa mis movimientos y los de el taxista que nos sigue. De vez en cuando se echan a un lado de la carretera y esperan, para ver cómo reaccionamos.
-Y, ¿cómo es Abjasia? -me pregunta el comisario a través del intérprete.
-Aburrida, por eso vamos a Batumi.
-¿Habéis tenido que pedir un visado para entrar?
-No -miento. Afortunadamente el visado de Abjasia se imprime en un papel aparte y lo llevo bien escondido.
-¿Cómo es la situación allá?
-Se ven muchas casas destruídas.
-Y... los rusos ¿hay muchos soldados? ¿cuántos? ¿dónde están?
Así que eso es lo que quería: información. No simpatizo con ninguno de los dos bandos y no me apetece hacer de espía. Le digo que, como no sé ni ruso ni abjasio, no podía distinguir bien de dónde era cada soldado.
Justo en ese momento llegamos a la comisaría de Poti. El comisario y su colega salen del coche con nuestros pasaportes en dirección al edificio y me dicen que me quede en el coche. 'No te muevas'.
Mientras se alejan, aprovecho para copiar el teléfono de la misión de observadores de la Unión Europea en mi móvil y poder llamar rápidamente en caso de emergencia. Pero no hace falta. El comisario sale del edificio, nos llama y nos devuelve los pasaportes. 'Por esta vez no va a pasar nada, pero no lo volváis a hacer', nos reprende con aire de padrecito bonachón.
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Han sido muchas las sensaciones: ternura, tristeza, agradecimiento, miedo, hastío, tensión... Dos semanas de viaje por Georgia (Tbilisi, Gori, Jashuri, Zestaponi, la frontera con Osetia del Sur, Poti, Abjasia, Batumi) junto al excepcional fotógrafo y compañero Álvaro Deprit. Hemos convivido con sus hospitalarias gentes -como dice el periodista y amigo Kim Amor: 'hemos comido lo que ellos comen, olido lo que ellos huelen, oído lo que escuchan y sentido lo que sienten'-; hemos visitado a los refugiados de la Guerra de Abjasia de 1993 y a los expulsados de Osetia del Sur el pasado verano; hemos patrullado junto a los guardias civiles españoles de la misión de observadores de la Unión Europea (gente admirable); hemos conversado con políticos y opositores; asistido a mítines y protestas y, sobre todo, hemos tragado mucho polvo del camino. Para todos aquellos que estén interesados en el Cáucaso y en Georgia: seguid atentamente la publicación de los reportajes que estamos preparando Álvaro y yo. Gaumarjos!
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14 julio 2009

Medvédev indigna a Georgia con su visita a Osetia del Sur (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
TIFLIS / ESTAMBUL
El presidente ruso, Dmitri Medvédev, viajó ayer a Tsjinvali para manifestar su apoyo a las autoridades de Osetia del Sur, cuya independencia de Georgia solo han reconocido Rusia y Nicaragua. El gesto de Moscú fue tachado de «provocación» por Tiflis. Rusia quiere controlar todos los territorios de la antigua URSS a base de «dividirnos», acusó el presidente georgiano, Mijeil Saakashvili, desde Ankara, donde asistió a la firma del proyecto Nabucco, un gasoducto que pretende reducir la dependencia europea del gas ruso.
El Gobierno proestadounidense de Georgia sigue sintiéndose amenazado por las ansias «imperiales» de Rusia casi un año después de la guerra que enfrentó a ambos países y que culminó con la independencia de facto de las regiones secesionistas de Abjasia y Osetia del Sur.
En la calle, los georgianos de a pie se preguntan si serán ciertos los rumores que periódicamente aseguran que Moscú atacará Georgia. «Lo único predecible de Rusia es su impredecibilidad», afirmó a este diario el diputado oficialista Akika Minashvili, presidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento georgiano.
Como ejemplo de la supuesta agresividad de Rusia, citó informes de los servicios de inteligencia georgianos que acusan a las fuerzas de pacificación rusas en las regiones secesionistas de Georgia de incrementar la militarización de Osetia del Sur y de estar construyendo una base naval y otra aérea en Abjasia. También, de haber convocado en la zona norte del Cáucaso maniobras militares de mayor envergadura que las que precedieron al conflicto del pasado agosto.
El problema reside en que las misiones de observadores de la OSCE y de la ONU abandonaron Georgia a finales de junio debido al veto ruso para su prolongación, lo que deja a los observadores de la Misión de Supervisión de la Unión Europea (EUMM) como única garante de los acuerdos de paz entre georgianos, abjasios, osetios y rusos.
«Nuestro problema es que no podemos acceder a Abjasia y Osetia del Sur porque nos piden una autorización como estado y eso para nosotros supondría reconocer su independencia», explicaron fuentes de la EUMM, en la que España participa con 10 guardias civiles. Por esta razón la misión europea no puede comprobar qué hay de cierto en las afirmaciones sobre el rearme ruso, aunque dice mantener una «muy buena relación de trabajo» con los oficiales rusos.
INCIDENTES / La EUMM ha detectado dos incidentes graves en las últimas semanas. El primero, el pasado 21 de junio, fue un ataque con explosivos cerca de la frontera abjasia a un convoy de los observadores en el que murió un conductor de ambulancia georgiano. El segundo, ocurrido la misma semana en la zona donde patrulla el contingente español, fue la voladura de un puente que comunicaba Georgia y Rusia. Ambos incidentes están bajo investigación.

Moscú, por su parte, también acusa a los georgianos de haberse rearmado. El jefe del Estado Mayor del ejército ruso, Nikolai Makarov, afirmó recientemente que los militares georgianos han «recuperado la capacidad militar» previa a la guerra del pasado año y calificó al gobierno de Saakashvili de «línea roja» de la política exterior rusa. Sin embargo, la EUMM, encargada también de supervisar los movimientos militares georgianos, mantiene que Tiflis se está ciñendo a lo acordado por las partes.

CRÍTICAS INTERNAS/ En Georgia crecen las voces críticas que, aún manteniendo su distancia con Rusia, creen que el “aventurerismo” de Saakashvili fue el detonante de la guerra y le culpan de la pérdida del control sobre Abjasia y Osetia del Norte. “Saakashvili es como un torero con una capa roja que intenta lidiar con dos toros a la vez: Estados Unidos y Rusia”, declaró el ex ministro para las Resolución de Conflictos, Giorgi Jaindrava. Jaindrava abandonó su puesto por desavenencias con la política oficial para pasarse a la oposición, que desde hace tres meses reclama en las calles la dimisión de Saakashvili.

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Foto: Dos guardias civiles españoles de la EUMM patrullan cerca de la frontera con Osetia del Sur (Álvaro Deprit)

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10 julio 2009

Melancólicas melopeas a base de chacha (El Periódico)

Andrés Mourenza
Shalva alza por enésima vez el pequeño vaso en forma de tulipa, uno de esos vasos de aspecto frágil y bordes dorados que los turcos usan para beber el té; en Georgia, en cambio, se hacen servir para los brindis. Junto a los vasos, una botella de Coca-Cola rellena de un líquido transparente. Es chacha, el aguardiente local, por supuesto casero, que, aunque no pase los controles sanitario, siempre es mejor que el que se compra por ahí, dicen los entendidos.
A pesar de los movimientos lentos, pesados, síntoma de la embriaguez, Shalva consigue impostar una voz grave pero llena de ternura y sentimiento, una voz de brindis, y comienza un largo discurso sobre la amistad que bajo ningún concepto debe ser interrumpido. Al ingerir el aguardiente, no solo se echa uno al coleto el alcohol, sino toda una serie de promesas; el brindis en Georgia es todo un juramento que se toma bien a pecho.
Beber en compañía de georgianos es complicado, ceremonioso hasta el detalle. La tradición manda que solo se brinde con vino o licores –por lo que para pasar la comida se sirve otra bebida, por ejemplo una cerveza, que tiene la consideración de un simple refresco– y únicamente se puede beber tras los largos discursos del tamada, el maestro de ceremonias. En los banquetes, el tamada tiene a su cargo un asistente y se declara a uno de los comensales escanciador oficial. Roles, como las tradiciones, intocables.
Cuando el maestro culmina su brindis-discurso (siempre sobre la patria, la familia, la amistad o las mujeres), hay que ingerir el vaso de un solo trago, so pena de ser considerado un hombre sin agallas -beber en Georgia es cosa de hombres- o algo peor: un desagradecido para con la hospitalidad local, una hospitalidad franca, física, a veces incluso asfixiante.
Igual de impensable es que uno de los bebedores se levante de la mesa arguyendo que ha tenido suficiente alcohol para una noche: la ceremonia culmina cuando se acaban las existencias o la cogorza general es tan elevada que pocos se tienen en pie. ¿Y al día siguiente? Bueeeno... La calma de los georgianos, para ciertas cosas, suena a caribeña. «Antes de que llegasen a Georgia las organizaciones y las empresas internacionales, podías ir al trabajo a la hora que quisieras», explica la mujer de Shalva. Por la mañana, el chacha sigue resonando en el cerebro entre los edificios de Tiflis, de arquitectura indescifrable tal es su cúmulo de influencias. En los parques, innumerables desempleados sentados en grupo, anodinos, se hacen acompañar de grandes garrafas de cerveza.
«Yo no he visto país igual: mandan a las mujeres a trabajar en lo que sea y los hombres se quedan en casa bebiendo», cuenta un vendedor turco de kebab. Acostumbrado a la nueva pujanza de su país, Georgia, antigua perla de la URSS, le parece un lugar triste, sin esperanza.
Las borracheras en Georgia tienen un aire melancólico, deprimente. Pero es que la vida tampoco ofrece mayores expectativas. Sueldos de 75 euros mensuales, con suerte; servicios que no funcionan; un país desgarrado por conflictos que duran ya 20 años; políticos nuevos que actúan como los anteriores. ¿Qué queda? Reunirse con los amigos, un chacha, dos chachas, diez. Jurarse amistad eterna. Foto de Álvaro Deprit

17 junio 2009

Se crea el grupo Facebook de 'Transcaucasia Exprés'

Ya ha sido creado el grupo Facebook de seguidores del libro Transcaucasia Expres. Está abierto a la participación y al debate de todo el mundo.
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Y si aún no te has descargado el libro, puedes hacerlo en el siguiente link.

01 junio 2009

"Transcaucasia Exprés": un libro para acercarse al Cáucaso, Armenia, Georgia y Turquía

"Transcaucasia Exprés es la historia de un viaje en pos del histórico partido de fútbol entre Armenia y Turquía que se disputó en Ereván el 6 de septiembre de 2008. Un encuentro que, con el trasfondo de la guerra que enfrentó a Georgia y Rusia en agosto de ese mismo año, cambió las relaciones de dos países enfrentados. Este libro es una mezcla de relato de viajes y reportaje periodístico que pretende acercar al lector a la vida y las intrigas de una región tan importante estratégicamente como es el Cáucaso".
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Hola a todos,
Me complace anunciar que mi libro 'Transcaucasia Exprés' ha sido publicado hoy en la colección Libros Libres, de la web Rebelión. Cualquiera que esté interesado puede descargarlo de manera totalmente gratuita y libre a través de este enlace (lo mejor es pinchar con el botón derecho y seleccionar Guardar Enlace Como). Espero que lo disfrutéis
Andrés Mourenza