19 agosto 2009

Leyendas de la antigua Constantinopla (El Periódico)

Andrés Mourenza
Por fuera solo se percibe una larga tapia de cemento que cubre el espacio de toda una manzana y, en su interior, lo que en algunas guías especializadas aparece señalado como una de las iglesias más importantes de la vieja Constantinopla tampoco es gran cosa: una insulsa construcción eclesial, una modesta vivienda y un inmenso patio ajardinado. Nada hace sospechar cuánta historia alberga.
«Este es uno de los lugares más importantes del mundo ortodoxo. Cada año llegan fieles de todo el mundo para visitarlo y llevarse el agua milagrosa», explica Ioannis, moviendo sus manos bastas de jardinero. SEGUIR LEYENDO EN EL PERIÓDICO

18 agosto 2009

Diez años después, Estambul sigue sin estar preparada para otro terremoto como el de 1999 (EFE - La Vanguardia)

Andrés Mourenza. Estambul. (EFE).- En 1999 murieron más de 17.000 personas por un gran terremoto que sacudió la región del Mar de Mármara (noroeste de Turquía) y los expertos coinciden en el décimo aniversario de la tragedia que ciudades como Estambul siguen sin estar preparadas para un sismo de gran magnitud.
El 17 de agosto de 1999, a las 3.02 horas de la noche, la placa tectónica de Anatolia se desplazó a lo largo de la falla que la separa de la placa eurasiática liberando una cantidad de energía similar a 132 bombas atómicas. Eray Hobikgil, entonces un adolescente de 16 años, saltó de su cama al sentir que el guardarropa caía sobre él; corrió hacia la habitación de sus padres y los tres permanecieron abrazados durante un tiempo que les pareció infinito. Se trataba de un terremoto de 7,4 grados en la escala de Richter y sólo duró 45 segundos, pero tras de sí dejó un reguero de destrucción: 17.480 muertos, más de 40.000 heridos, 329.000 edificios destruidos, casi medio millón de personas sin hogar.
La casa de los Hobikgil, en la localidad de Degirmendere, cercana al epicentro del seísmo, se mantuvo en pie. Por la mañana, sin embargo, el panorama era desolador: el paseo marítimo se había hundido en el agua, reduciendo a escombros las casas de la línea de la costa, y, al otro lado de la bahía, ardía la mayor refinería de Turquía en un presagio de mayores desgracias. "Era terrorífico, porque había gente herida que buscaba medicación y se podía oír las voces de la gente atrapada entre los escombros. Cuando ves que tanta gente necesita tu ayuda y tú no puedes darla, te sientes desesperado, como una maldita mierda", recuerda Hobikgil en declaraciones a Efe. En Degirmendere, por ejemplo, los únicos edificios que no sufrieron ningún daño fueron los construidos por el ejército para su personal lo que puso al descubierto las pésimas condiciones en que se edifican las viviendas en Turquía, algunas porque fueron levantadas y son constantemente modificadas por sus inquilinos y otras por el simple ahorro de costes de las empresas constructoras.
Después de la catástrofe de 1999, más de seis mil personas fueron juzgadas por negligencias vinculadas al terremoto, pero sólo una, el constructor Veli Göçer, fue condenada a prisión. Tras haber cumplido cinco años de su condena a prisión de 18 años, Göçer -en una entrevista publicada por el diario "Habertürk"- acusa al Estado turco de ser, en parte, culpable de las muertes, ya que es la administración quien otorga las licencias de obra y el gobierno quien aprueba las leyes que rigen el sector.
Desde aquel gran terremoto, el Ayuntamiento de Estambul -donde miles de personas se vieron afectadas- ha gastado unos 80 millones de euros en estudios sobre los edificios y en su adecuación para resistir movimientos sísmicos de gran magnitud, según un cálculo de la revista "Newsweek Türkiye".
No obstante, según expertos como el profesor de Ingeniería Civil de la Universidad del Bósforo Semih Tezcan, la metrópolis turca "no está preparada para otro terremoto" a pesar de que la región de Mármara es la más desarrollada de toda Turquía. "En Estambul hay un millón de edificios, sólo un uno por ciento ha sido reforzado. Hay 3.000 escuelas y sólo 250 han sido reforzadas y hay 635 hospitales públicos, de los que sólo 10 están preparados", explicó Tezcan en declaraciones al diario "Milliyet". El mayor temor de los estambulíes es que se vuelva a producir otro gran seísmo (una de cada cuatro personas que sufrieron el terremoto de 1999 tiene problemas para dormir o sufre traumas psicológicos).
Además, en los últimos años han proliferado pseudo-científicos que, de televisión en televisión, anuncian la proximidad del Gran Terremoto, como si de aciagos Nostradamus se tratara, y las empresas aseguradoras aprovechan los miedos de la población para vender "paquetes anti-terremoto". "No habrá un terremoto en Estambul al menos hasta 2015. Si así sucediera, sería algo inesperado para el mundo científico", opinó el presidente de la Cámara de Ingenieros Geofísicos, Ahmet Ercan, en declaraciones a "Habertürk".
El profesor de Geofísica de la Universidad Técnica de Estambul, Haluk Eyidogan, sin embargo, alertó de que la ciudad del Bósforo tiene que estar preparada en cualquier momento para cualquier cosa, ya que "en los últimos 200 años la región de Mármara ha sufrido 50 terremotos de una magnitud mayor a los 6,5 grados".
La única consecuencia positiva que trajo aquel terremoto -y un mes después el que se registró en Atenas- fue el espíritu de solidaridad entre turcos y griegos, dos naciones enfrentadas durante siglos. La sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales y los cuerpos de protección civil se organizó rápidamente y se enviaron equipos de rescate griegos a Turquía, algo que cambió la percepción de los vecinos. Desde entonces, las relaciones entre los dos países se normalizaron y la cooperación aumentó considerablemente.

16 agosto 2009

Crece en Turquía la esperanza de solucionar el conflicto kurdo, en el 25 aniversario del primer ataque del PKK

En el 25 aniversario, hoy, del primer ataque del grupo armado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), crece en Turquía la esperanza de alcanzar una solución pacífica a un conflicto que ha dejado ya más de 40.000 muertos.
Mientras en diversas ciudades turcas y europeas simpatizantes del PKK se congregaron para celebrar el inicio de la lucha armada, el gobierno del islamista moderado Recep Tayyip Erdogan continúa los contactos con miembros de la sociedad civil y de los partidos políticos para desarrollar un plan para superar el conflicto. "Turquía debe enfrentarse a este problema y resolverlo a través de la democracia. Ha llegado el momento para una solución radical del problema", manifestó Erdogan ayer durante la conmemoración del octavo aniversario de la fundación de su Partido de Justicia y el Desarrollo (AKP).

Hoy estaba previsto que los abogados del líder histórico del PKK, Abdullah Öcalan, encarcelado en la isla-prisión de Imrali, hiciesen pública una 'hoja de ruta' para la solución del conflicto. Sin embargo, tras una visita ayer a Öcalan informaron de que el líder kurdo aún no la tiene ultimada, por lo que se publicará durante la próxima semana. Según filtraciones de los abogados a la prensa turca, la 'hoja de ruta' de Öcalan establecerá un plan de desarme progresivo de los aproximadamente 7.000 milicianos del PKK en activo a cambio de mayores derechos para los kurdos y más autonomía, y la sustitución de la actual constitución, redactada en 1982 por la Junta Militar, por otra más democrática.

Ahmet Türk, líder de la principal formación kurda, el Partido de la Sociedad Democrática (DTP), con 21 escaños en el parlamento de Ankara, pidió ayer que se tengan en cuenta las opiniones tanto de las Fuerzas Armadas turcas como del PKK y que se escuche "con atención" lo que diga Öcalan. Sin embargo, el AKP respondió inmediatamente que "ni el PKK ni nadie relacionado con él" es considerado interlocutor por el gobierno turco.

El gobierno está redactando su propio plan para la resolución del conflicto pero, por el momento, no se han hecho públicos los detalles, aunque ayer Erdogan aseguró que las primeras medidas se darán a conocer "antes de fin de año". El mandatario turco explicó que se podrían introducir cambios en la Constitución del país, pero añadió que se optará por la vía más fácil, puesto que el tema de las enmiendas constitucionales levanta suspicacia entre la oposición nacionalista y kemalista.

"El discurso de Erdogan fue muy importante. Ha creado una gran expectación en la sociedad. Aunque todavía hay un 'pero'. Se debe compartir (el plan) con las organizaciones de la sociedad civil", opinó hoy el alcalde de la ciudad suroriental de Siirt, Selim Sadak, miembro destacado del DTP, en una entrevista con el diario 'Taraf'. En los últimos años se han dado pasos hacia la mejora de la situación de los kurdos, a través de la concesión de derechos culturales como permitir las emisiones en kurdo en radios privadas, la apertura de un canal estatal de televisión en lengua kurda y el establecimiento de cursos privados de kurdo.

De hecho, la cúpula castrense turca ha reconocido este año que el conflicto kurdo no se puede terminar sólo con medidas militares sino que son necesarias medidas de carácter político, social y económico. No obstante, los dos mayores grupos de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP, nacionalista laico) y el Partido de Acción Nacionalista (MHP, ultraderecha), se han negado a participar en la ronda de contactos patrocinada por el Ministerio del Interior para recabar ideas sobre el plan de paz.

En opinión de Derya Sazak, un renombrado columnista del diario 'Milliyet', la oposición se niega a entrevistarse con el gobierno porque cree que el AKP puede salir reforzado si consigue solucionar el conflicto kurdo. "Actúan del mismo modo que durante el proceso de solución del tema de Chipre", añadió Sazak.

CRONOLOGÍA DEL CONFLICTO EN LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS

14 agosto 2009

En el harén de Estambul, de Carla de la Vega

Título: En el harén de Estambul
Autor: Carla de la Vega
Editorial: Styria
Precio: 16€
Páginas: 224 Alineación a la izquierda
ISBN: 978-84-92520-24-4
Formato: 14,5 x 21,5 Cartoné
Género: Crónica periodística
Fecha de publicación: 01/06/2009
Lugar de publicación: Barcelona
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Probablemente la portada de la editorial Styria, un remedo de best-seller de aeropuerto, no le haga justicia: En el harén de Estambul, de la periodista Carla de la Vega es un gran libro. Es más, es un libro altamente recomendable para todo aquel que quiera introducirse en el estudio y el conocimiento de un país con tantos matices y contrastes como es Turquía y para comenzar a indagar en la situación de las mujeres.
Carla de la Vega lo hace a través de las historias de cuatro mujeres turcas -por este orden: Zelal, Sennur, Ayse y Rashel-, sus sentimientos, sus pasiones, sus miedos, pasan frente a nuestros ojos a través del ágil relato del libro.
Como privilegiado observador de todo el proceso de creación de este libro, sé que una de las decisiones más difíciles a la que tuvo que enfrentarse Carla de la Vega es a la selección de qué historias incluir y cuáles no. De hecho, se vio obligada a descartar unas cuantas, no menos interesantes que las que expone en el libro, por falta de tiempo y espacio, pues cada una de las partes que trata sobre una mujer diferente exigió semanas y semanas de investigación, largas horas de entrevistas y meses para poder poner todo el material por escrito de una forma que fuera comprensible para el lector.
La selección final de las cuatro mujeres es, en mi opinión, un acierto. Tres de ellas -Sennur, piadosa estudiante que debe buscar subterfugios para entrar a la universidad con el velo musulmán; la superpija Ayse, una kemalista de la elite de Nisantasi (Estambul), y Zelal, una kurda que ha escapado a Estambul para huir de quienes la quieren matar- reflejan algunos de los temas más candentes de la actualidad turca: las polémicas sobre el velo y el partido gobernante AKP, la situación del laicismo y la visión de la elite kemalista y la situación social en el sudeste de Turquía junto a los detestables crímenes de honor, y todo ello a través de los ojos de las mujeres. La inclusión de la cuarta mujer, Rashel, se comprende desde el punto de vista de los lazos culturales que unen a España con la comunidad sefardí de Turquía pues Rashel es eso, una judía sefardí de 60 años, pero también es una historia que nos muestra las dificultades de las parejas multiculturales en una época en que la sociedad turca aún no estaba preparada para ello (si Rashel hubiese tenido 20 años en la Turquía actual, a buen seguro, su vida habría sido completamente diversa). Pueden echarse en falta relatos de mujeres con situaciones más habituales, pero es cierto que el simple hecho de mostrarnos estos casos -algunos extremos, pero otros desgraciadamente no tanto- ayuda bastante a comprender la sociedad en que viven estas mujeres y a imaginarnos todos los tonos grises que se mueven entre ellas. Obviamente -y esto ya lo avisa la autora en el prólogo- no se trata de crear un manual sobre la situación de la mujer turca lleno de conocimientos enciclopédicos, considerémoslo pues una iniciación, un zambullido (además tremendamente gratificante por el modo en el que está escrito).
Y aquí, permítanme que incluya una breve reflexión sobre la profesión periodística que atañe directamente a este libro pues estamos ante lo que podría denominarse un libro-reportaje. En el ejercicio de nuestro trabajo, los periodistas nos encontramos con una difícil tarea: la de seleccionar datos, sintetizarlos, resumirlos. Es es, en verdad, la mayor dificultad de la profesión: ¿Debemos explicar cada tema con todo lujo de detalles para ofrecer el panorama más completo posible o tenemos que seleccionar sólo los datos más relevantes aún a riesgo de perder los matices, también importantes para la comprensión de un argumento? ¿Qué citas, las de que persona, se deben ofrecer y a qué altura del texto? ¿Cómo se jerarquiza el contenido de cada artículo, historia o reportaje? Y, por último, aunque no menos importante ¿qué estilo adoptar para contar la realidad: el del ensayo, más didáctico; el de las agencias de noticias, frío y distante, o una narración más personal y literaria que haga el texto más atractivo al lector?
En este sentido, el libro de Carla de la Vega consigue un resultado de gran equilibrio entre las interesantes narraciones de las mujeres retratadas, con un estilo que se acerca mucho al periodismo literario (un género del que nuestro país está tan falto y que, según mi gusto personal, se acerca al culmen del periodismo), y el proporcionar datos fidedignos sobre la situación de la mujer en Turquía. Quizás la organización de los capítulos -se alternan unos que narran las vivencias personales con otros que tratan, de forma más general, los datos de carácter social y político (en este punto se echa de menos, a veces, datos comparativos con otros países europeos)- pueda resultar abrupta en la lectura, pero al cabo de los primeros capítulos el lector se hace a ello.
Recuerdo perfectamente el día que conocí a Carla de la Vega. Fue una noche del invierno estambulí en 2007 en una velada junto a otros grandes periodistas y amigos -Ildefonso González, Elena Solera y Ricardo Ginés- en compañía de las siempre presentes cervezas de Nevizade. Ella llevaba a cuestas un largo curriculum como periodista, desde el bautizo de fuego en la información parlamentaria a la lejana Asia (Singapur y Nueva Delhi) y ya había tomado la decisión de escribir en libro. Desde entonces, tuvimos muchas conversaciones, con Ricardo Ginés como maestro de ceremonias, sobre el periodismo literario. Cómo conseguir que el relato de una persona, en este caso el de las mujeres entrevistadas, pudiese convertirse en una verdadera historia literaria. Si ya es de por sí difícil informar de una forma simple y llana, conseguir narrar la realidad de una forma literaria pero ajustándose escrupulosamente a los hechos comprobados es en extremo complicado (esto y no otra cosa es el periodismo literario). Pero el resultado es de gran valor ya que nos acerca más a las personas y a su forma de percibir la vida. A este respecto, la primera historia de En el harén de Estambul, la huída constante de Zelal de los hombres que la quieren matar por haberse divorciado de su marido, es excepcional y la cuarta, la del amor trágico de la sefardí Rashel, no le anda a la zaga.
Han sido dos años de recopilación de datos, lecturas de informes y artículos y, sobre todo, de constantes entrevistas con mujeres, organizaciones de defensa de los derechos de la mujer, feministas, intelectuales, casas de acogida. La activista y profesora Türkan Saylan (recientemente fallecida), la abogada Canan Arin, la presidente de la organización Kamer en Diyarbakir Nilüfer Yilmaz, la escritora Vildan Yirmibesoglu o la presidenta del centro sefardí de Estambul Karen Gerson Sarhon son sólo algunas de las eminentes expertas que entrevistó Carla de la Vega en su recogida de datos. En definitiva, un arduo trabajo que ha dado como resultado un libro imprescindible.

Madres turcas y kurdas dan ejemplo de reconciliación (EFE - adn.es)

Andrés Mourenza
El verano ha llevado a Turquía un soplo de esperanza para la resolución del conflicto kurdo con la apertura de un proceso político que podría poner fin a una guerra no declarada que desde el levantamiento en armas del grupo armado kurdo PKK en 1984, ha causado más de 40.000 muertos. Pero quienes han dado un mayor ejemplo de reconciliación y diálogo han sido algunas madres de soldados del ejército turco y de militantes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) fallecidos en combate, que exigen a los políticos que hagan todo lo posible por detener las muertes.

Burhan Yalçin era un joven de 21 años, tranquilo y amante del hogar. Se le daba bien construir muebles, recuerda su padre. Había nacido en la deprimida provincia de Sirnak, fronteriza con Irak, y durante su servicio militar fue destinado algo más al norte, a la provincia de Tünceli, para servir en la Gendarmería. En junio de 2007, un comando del PKK atacó la comisaría en la que hacía guardia y Burhan murió abatido, convirtiéndose en lo que el ejército llama orgulloso "un mártir de la patria".

En febrero pasado, en una de las operaciones militares contra los rebeldes kurdos, murió Harfiye Bilgi, un joven militante del PKK. Como muchos otros, había 'marchado a las montañas' -así le llaman en Turquía a unirse a la guerrilla del PKK- para vengar a algún familiar o conocido muerto, por reivindicar y defender la identidad kurda o por rebeldía. Sea como fuere, su historia terminó en una temprana muerte.

Lo que une a las familias de Harfiye y Burhan, además de ser las dos vecinas de Sirnak, es el tremendo dolor que la muerte de los jóvenes produjo en sus respectivas familias. Por ello, la pasada semana, las madres de los dos muertos se reunieron en Sirnak y ante las cámaras de televisión de varios canales turcos se fundieron en un emotivo abrazo. "Hemos sufrido mucho y no queremos sufrir más. No queremos que mueran más soldados ni miembros del PKK", dijo entre lágrimas Kumri Bilgi, la madre de Harfiye.

Pero ellas no son las únicas. La trágica historia de la anciana kurda Sakine Arat también se ha convertido en Turquía en todo un símbolo de la tragedia del conflicto kurdo.

Según un artículo publicado en el diario 'Taraf', Arat nació hace 74 años en Kütahya, en el oeste de Turquía, en el seno de una familia expulsada en 1930 de su hogar en el sureste kurdo. En 1947, gracias a una amnistía gubernamental, la familia Arat volvió al sureste, pero la entonces joven no pudo terminar su educación básica porque en su pueblo no había escuela.

Trajo al mundo seis hijos. El mayor, Cemal, consiguió estudiar en la Universidad de Ankara durante los movidos años 1970, al mismo tiempo y en el mismo lugar que se sentaban las bases del PKK. Tras el golpe de Estado de 1980 fue detenido y torturado hasta la muerte. El segundo, Tacettin, fue también detenido durante el golpe, torturado, pero liberado. No lo dudó un instante, escapó a las montañas y se unió a la guerrilla, donde murió unos años después. Su hermana Sibel, de 17 años, no pudo soportar el dolor de perder a dos hermanos y se suicidó. Poco después, Murat, el cuarto hijo, desapareció en extrañas circunstancias, un hecho no demasiado inusual en los años 1990 en el sudeste de Turquía. Servet, el hijo más pequeño, falleció en un accidente de tráfico. "Sólo me queda un hijo con vida y procuro mantenerlo alejado de todos los partidos políticos", explicó Sakine Arat.

"Cuando me entero de que ha muerto un soldado, me digo '¡Ay! Otra madre se ha unido a nosotras. Otra madre a la que le arde el corazón'. Por el amor de Dios, terminen con este dolor. Esta guerra continúa. Mis nietos crecen. ¿También ellos participarán?", se preguntó la anciana.

Esta semana, un grupo de mujeres kurdas de la iniciativa Madres de la Paz viajó desde varias ciudades kurdas hasta Ankara para reivindicar una solución pacífica del conflicto kurdo. Intentaron manifestarse delante de la Jefatura del Estado Mayor del ejército pero se les denegó el permiso, así que, finalmente, tuvieron que llevar a cabo su protesta en un parque.En la pancarta de una de las madres kurdas se leía: "Sean de la guerrilla o sean soldados, son nuestros niños".

Fotografías. Superior: Sakine Arat, en Diyarbakir (Fuente: Sabah.com.tr). Inferior: Las madres de Hafiye Bilgi y Burhan Yalçin se abrazan en un signo de reconciliación (Fuente: mynet.com)

10 agosto 2009

El gobierno turco buscará un "pacto nacional" para solucionar el conflicto kurdo (EFE - adn.es)

El gobierno de Turquía buscará crear un "pacto nacional" con el resto de actores políticos para solucionar el conflicto kurdo, informó hoy el portavoz del ejecutivo, Cemil Çiçek, tras una reunión del consejo de ministros. El ministro del Interior, Besir Atalay, será quien coordinará las reuniones con los partidos de la oposición, los sindicatos y las fuerzas de seguridad. "Estamos preparados para escuchar respetuosamente todas las propuestas y a todos los actores", añadió Çiçek.

Con todo, avisó que las soluciones propuestas deberán enmarcarse en "el estado unitario y la democracia". "Turquía tiene que solucionar este problema, porque si no vendrán otros y se inmiscuirán en el problema", advirtió Çiçek.

El presidente turco, Abdullah Gül, animó a avanzar en la solución de la cuestión kurda en una conversación con periodistas durante su vuelta anoche de una gira por la zona suroriental de Turquía, donde se concentra la mayoría de los kurdos del país. El mandatario turco negó que el plan que prepara el gobierno suponga hacer concesiones a los "terroristas" del grupo armado PKK, ya que "la democratización es un freno al terrorismo". "No escondamos nuestras cabezas como los avestruces. El problema más grave que sufre Turquía en la actualidad es éste (el conflicto kurdo)", dijo Gül y solicitó a los partidos políticos que superen sus diferencias y participen en la solución del conflicto.

Sin embargo, la oposición no parece estar tan dispuesta a colaborar con el gobierno islamista moderado. Los partidos laicos y nacionalistas criticaron que aún no conocen los detalles del plan gubernamental y se negaron a participar en un proceso que signifique negociar con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), considerado terrorista por Turquía y la UE (Unión Europea).

En los últimos meses, en Turquía se ha incrementado la esperanza de que se pueda llegar a una solución dialogada al conflicto kurdo que, desde 1984, ha provocado más de 40.000 muertes en la guerra no declarada entre las fuerzas de seguridad turcas y el PKK. El líder histórico del PKK, Abdullah Öcalan, encarcelado en la isla prisión de Imrali, hará pública en los próximos días una 'hoja de ruta' para la solución del conflicto kurdo. Según afirmaron hoy dos diputados del Partido de la Sociedad Democrática (DTP, nacionalista kurdo), Öcalan propondrá un proceso de desarme del PKK.

El partido kurdo DTP afirma que Öcalan propondrá un plan para el desarme del PKK (EFE - El Confidencial)

Estambul, 10 ago (EFE).- El líder kurdo Abdullah Öcalan, actualmente encarcelado en la isla prisión de Imrali, establecerá un plan para que el grupo armado PKK deje las armas a través de la hoja de ruta que propondrá en los próximos días, afirmaron dos diputados kurdos en sendas entrevistas publicadas hoy por la prensa turca.

En los últimos meses, en Turquía se ha incrementado la esperanza de una solución dialogada al conflicto kurdo que, desde 1984, ha causado más de 40.000 muertes en la guerra no declarada entre las fuerzas turcas y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), grupo considerado terrorista por EEUU y la Unión Europea.

En declaraciones al diario liberal ´Taraf´, Gültan Kisanak, diputada del Partido de la Sociedad Democrática (DTP, nacionalista kurdo) explicó que Öcalan no puede pedir que el PKK deje las armas directamente, pero establecerá "un proceso a corto, medio y largo plazo de abandono de las armas". "La realidad es que hay una relación entre que se otorguen derechos democráticos y se cumplan las demandas de los kurdos y que el PKK deje las armas", dijo Kisanak.

Por su parte, Selahattin Demirtas, vicepresidente del grupo parlamentario kurdo (con 21 escaños), opinó al diario ´Milliyet´ que el objetivo del plan de paz no debe ser "liquidar al PKK, sino que abandone las armas y que se integre en la política democrática". También exigió que se desarme a las milicias paramilitares kurdas leales a Ankara y utilizadas en la lucha contra el PKK y que todos los grupos étnicos de Turquía puedan recibir educación en su lengua materna.

Desde que el pasado mayo el presidente turco, Abdullah Gül, dijese que el país tiene "una oportunidad histórica" para solucionar la cuestión kurda, los debates se suceden en Turquía y se espera con expectación las propuestas de la organización armada kurda y las del gobierno de Ankara. Hoy mismo, el Gobierno turco tratará como punto más importante de su consejo de ministros semanal la redacción de un plan para solucionar el conflicto kurdo y ha avisado de que el ministro del interior se reunirá con los líderes de los partidos de oposición para recabar su apoyo.

07 agosto 2009

Rusia incrementa su influencia energética al conseguir que Turquía de luz verde al gasoducto South Stream (EFE - Finanzas.com)

Rusia y Turquía acordaron intensificar su mutua cooperación energética, firmaron 15 protocolos de colaboración, y Moscú recibió el permiso para que su gasoducto South Stream, competidor del paneuropeo Nabucco, transcurra por aguas turcas.
"Las negociaciones no han sido fáciles, hemos tenido ciertas dificultades, pero finalmente hemos llegado a un acuerdo en todos los temas", reconoció Vladimir Putin tras una jornada de arduas negociaciones con el ejecutivo turco presidido por el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, celebradas este jueves en Ankara. Pero finalmente, en las conversaciones que contaron también con la participación del jefe del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, Putin logró el permiso de Ankara para que el consorcio estatal ruso Gazprom comience las exploraciones destinadas a comprobar si el gasoducto South Stream puede transcurrir por las aguas del Mar Negro que están bajo control de Turquía.

South Stream es un proyecto que, según los analistas occidentales, supone una respuesta competitiva al Nabucco, ideado para reducir la dependencia energética europea de Rusia y promocionado por la Unión Europea (UE). El gasoducto planeado por Gazprom deberá unir la estación rusa de Beregovaya con Varna (Bulgaria) y tendrá diversificaciones a Italia a través de Grecia y a Europa central a través de Serbia y Hungría. Nabucco, cuyo plan de desarrollo fue aprobado en julio en Ankara por las compañías de los países implicados, conectará la terminal de Erzurum (Turquía), adonde ya llega un gasoducto procedente de Azerbaiyán, con la de Baumgarten an der March (Austria) mediante una tubería de 3.300 kilómetros a través de Bulgaria, Rumanía y Hungría. El gasoducto europeo podrá transportar 31.000 metros cúbicos de gas anuales -aunque la procedencia del suministro aún es incierta- y su inauguración está prevista para 2014.

ENI y Gazprom lideran el proyecto

El proyecto ruso, liderado por Gazprom y la italiana ENI, prevé comenzará a bombear gas en 2015 y tendrá una capacidad de 63.000 metros cúbicos anuales. El suministro está asegurado por el propio gas ruso y los contratos firmados por Moscú con varios países de Asia Central.

Sin embargo, Putin restó trascendencia a las críticas que afirman que los dos proyectos no podrán convivir en un mismo espacio. "Los dos proyectos son importantes para los consumidores y el South Stream no bloquea al Nabucco. La competencia entre los dos proyectos es escasa", dijo. "No hay rivalidad, sino que son dos proyectos alternativos. Debemos verlos como diversidad, por lo que aumentarán la seguridad energética (europea)", afirmó por su parte Erdogan.

A cambio del permiso para que el gasoducto South Stream pase por aguas turcas, Putin explicó que Rusia ha accedido a prolongar el acuerdo de exportación de gas a Turquía y a revisar los precios de esa fuente energética en beneficio turco. De hecho, Turquía importa dos tercios de su gas de Rusia, lo que ha convertido al país eslavo en el primer socio comercial de los turcos."Estamos muy contentos del nivel que han alcanzado nuestras relaciones comerciales", se felicitó Erdogan y recordó que el volumen comercial entre ambos países alcanzó los 40.000 millones de dólares.

Moscú aceptó asimismo prolongar el gasoducto Blue Stream, que transporta anualmente 16.000 metros cúbicos de gas ruso al norte de Turquía, hasta el sur del país, de forma que Ankara pueda distribuir esa energía a Siria, Líbano, Israel y la parte turca de Chipre. Además, Rusia entrará en el consorcio que desarrolla el oleoducto entre el puerto de Samsun, norte de Turquía, y la terminal petrolera de Ceyhan, en el sur, un proyecto en el que ya participa la italiana ENI. En opinión de Putin, Turquía está en camino de convertirse "en un importante país de tránsito" de energía. También en el campo de la energía atómica, ambos países firmaron un acuerdo para de cooperación con fines pacíficos. Turquía ha concedido por licitación la construcción de su primera central nuclear a un consorcio formado por las compañías rusas Atomstroyexport e Inter RAO EES y la turca Park Teknik, cuyo proyecto prevé erigir cuatro reactores de una potencia de 1.200 megavatios cada uno.

Noticia en El Periódico

31 julio 2009

El éxito de la celda Nº 5 (El Periódico

· Un famoso cantante pop de Georgia lleva más de tres meses de encierro voluntario en protesta contra el Gobierno.
Foto: Utsnobi en su particular celda (Álvaro Deprit)
ANDRÉS MOURENZA
TIFLIS

La piel de su cara está ahora demacrada, sus labios apagados, sus ojeras son más profundas de lo que es habitual; habla despacio, como si las palabras solo fuesen empujadas fuera de su boca por un infinito dolor del alma o, más probablemente, a causa del dolor de estómago del que parece aquejado. A Gia Gachechiladze, alias Utsnobi (El Desconocido), uno de los cantantes pop más famosos de Georgia, no le han sentado bien sus más de tres meses de encierro voluntario en una habitación de 15 metros cuadrados de la que solo sale de vez en cuando para ofrecer conciertos o manifestarse contra el Gobierno.

Utsnobi y sus populares canciones se han convertido en bandera de la oposición al presidente georgiano, Mijail Saakashvili; una oposición dispar en la que confluyen desde antiguos compañeros del jefe del Estado a simples buscavidas de la política.

¿Droga o locura congénita?

Sus detractores afirman que el estado de Utsnobi se debe a la droga y a una locura congénita. De lo que no cabe duda es que los métodos de este excéntrico cantante metido en política son un tanto peculiares. Cada noche, la emisora de televisión Maestro TV, conecta con la habitación de Utsnobi en un reality show político llamado Celda N° 5, que ha conseguido un gran éxito de audiencia. En su celda –climatizada, eso sí, y repleta de iconos religiosos y caricaturas del presidente Saakashvili–recibe a personas de la calle que le cuentan sus problemas y critican al Gobierno.

«Georgia es actualmente una prisión, por eso da lo mismo estar encerrado que no estarlo. Y esta celda es el único rincón libre del país, cualquier persona puede venir a opinar libremente sobre lo que está ocurriendo», afirma Utsnobi.

Cambio de orientación

Mientras en la planta baja, los jóvenes periodistas de Maestro TV fuman hasta hacer el ambiente irrespirable y explican orgullosos cómo han convertido lo que era un canal de entretenimiento en una fuente de periodismo crítico, Utsnobi, en su celda situada en el piso de arriba, llena una bolsa con dólares fotocopiados para burlarse de quien acusa a su hermano, Levan Gachechiladze, rico empresario y uno de los principales políticos de la oposición, de estar financiado ilegalmente por Rusia, el país que representa todo lo maligno para el Gobierno de Saakashvili.

«Igual que ocurrió en Europa en los años 30, ahora somos nosotros los que tenemos aquí a un pequeño Hitler. Saakashvili es quien decide todo en Georgia, ha cambiado la Constitución y con su policía controla las calles», se lamenta.

Su negativa opinión sobre la policía no es de extrañar. El pasado mayo, cuando intentó asaltar una comisaría de la policía durante una manifestación, fue apaleado contra un muro de tal manera que le entró tierra en las heridas y sufrió una infección sanguínea. «Cada una de las palabras que salen de la boca de Saakashvili es mentira. Los extranjeros aún no lo han entendido porque el presidente les vende que esto es un país democrático y no es así. Es un régimen totalitario en el que el uno por ciento gobierna y el resto no pinta nada», denuncia.

Otra de las propuestas de Utsnobi ha sido la de construir un muro alrededor del Parlamento para simbolizar el distanciamiento entre los ciudadanos y los diputados. Pero la iniciativa no fructificó, especialmente porque los taxistas están hartos de que la principal vía de la capital, la avenida Rustaveli, lleve dos meses cortada por los opositores a Saakashvili.

La oposición ha instalado varias docenas de celdas frente a la Asamblea Nacional. Pero al caer la noche y terminan los mítines, los dirigentes se van y dejan el cuidado de las celdas a unos cuantos desempleados, a los que pagan un pequeño salario, que pasan la mayor parte del día bebiendo chacha, el aguardiente local, y jugando al dominó.

Utsnobi insiste en que la oposición triunfará y Georgia será, algún día, «verdaderamente libre». Hasta entonces promete quedarse en su pequeña prisión.

28 julio 2009

El líder del PKK, Abdullah Öcalan, presenta un plan de paz (y renuncia a la violencia, al socialismo...) (EFE-ADN)

Andrés Mourenza

El histórico líder del ilegalizado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), Abdullah Öcalan, ha anunciado desde la cárcel que el 15 de agosto hará pública una iniciativa para una solución diplomática del conflicto kurdo.

"Ya no soy como antes. El pasado ha quedado atrás. El Estado (turco) tampoco podrá ser nunca más el que era", afirma Öcalan en su último mensaje difundido a través de sus abogados desde la isla-prisión de Imrali, donde está recluido en solitario desde su detención en Kenia en 1999.

Según el diario nacionalista "Hürriyet", que tuvo acceso al plan de Öcalan, la "hoja de ruta" consiste en forjar una alianza entre Turquía y los kurdos, cambiar la actual Constitución (redactada por una Junta Militar) y respetar los derechos culturales de la minoría.

"Antes pensaba que el problema se podía resolver en el marco del socialismo real. Pero ya se ha visto cómo han terminado Rusia y el Cáucaso. Y el socialismo chino no hace sino servir a los intereses de EEUU", afirma el líder del PKK. Declarado terrorista por Turquía, la Unión Europea y Estados Unidos, el PKK surgió como un grupo marxista, pero parece haberse alejado de la ideología con el pasar de los años.

Desde el inicio de su lucha armada contra el Estado turco en defensa de los 12 millones de kurdos que se estima que hay en el país euro-asiático han muerto más de 40.000 personas. Su primera acción militar se produjo precisamente el 15 de agosto de 1984, por lo que la iniciativa de Öcalan será presentada en el 25 aniversario del comienzo de esa guerra no declarada. "La confrontación, la violencia y la muerte no son parte de mi lógica, por eso renuncio a ellas -asegura Öcalan ahora-. Mi base es la política democrática y la libertad. Soy un demócrata radical".

Aunque ya no dirija directamente al PKK, Öcalan está considerado el jefe histórico del nacionalismo kurdo en Turquía, por lo muchos esperan de él un llamamiento a que los militantes kurdos depongan sus armas.

Y las cosas parecen moverse en esa dirección, dentro del movimiento kurdo y también en el Estado y Ejército turco. Por primera vez, el Gobierno y el Ejército parecen estar de acuerdo de que el problema kurdo no se puede solucionar de forma militar, sino que se necesitan también medidas sociales, económicas, políticas y culturales.

En un congreso de intelectuales y activistas kurdos, celebrado este fin de semana en la ciudad suroriental de Diyarbakir, se instó al PKK poner fin a los actos de violencia para abrir el camino a un proceso dialogado.

Pero por ahora el gobierno turco no está dispuesto a ceder la iniciativa a Öcalan y sus insinuaciones de que gobiernos anteriores pensaron en un diálogo a través de mediadores extranjeros, concretamente kurdos de la vecina Irak. El ministro de Asuntos Exteriores, Ahmet Davutoglu, señaló la semana pasada que "Turquía producirá una solución por su propia voluntad" y aseveró que "no hay que buscar bases (para la solución) fuera (del país)". De hecho, el ejecutivo del islamista moderado Recep Tayyip Erdogan asegura que trabaja desde hace meses en una propuesta para una solución dialogada, pero apenas ha dado pasos concretos con la excepción de la apertura de un canal estatal en lengua kurda en enero. Por esa razón, según diversos analistas políticos, el ejecutivo de Ankara espera el plan de Öcalan con "incómoda curiosidad".

Aun así, Ankara ha emprendido ciertas mejoras en la situación carcelaria del cabecilla del PKK y en breve otros nueve presos serán trasferidos a Imrali (situada en el Mar de Mármara) donde, hasta ahora, Öcalan cumple en solitario su cadena perpetua. Además, el gobierno turco quiere mejorar la supervisión de Öcalan en la cárcel para demostrar que éste no es torturado, tal y como habían denunciado en el pasado activistas de derechos humanos.

27 julio 2009

La ciudad balneario de Abjasia en ruinas (El Periódico)

Un edificio gubernamental de Sujumi, donde se refugiaron los últimos soldados georgianos en la guerra de 1993. Foto: Álvaro Deprit
Andrés Mourenza
Sujumi, Abjasia (Georgia)
Si Jasón, que ya tuvo que sudar sangre para robar el Vellocino de Oro, volviese hoy a la Cólquida, las seguiría pasando canutas. El héroe griego llegó surcando las aguas del mar Negro al norte del Reino de Cólquida, que se corresponde con la costa georgiana y la actual región separatista de Abjasia. Pero, hoy en día, el moderno Jasón debería abrirse paso a través de un territorio surcado por las heridas de la guerra, plagado de controles militares e incidentes inesperados.
El recorrido desde el último control militar georgiano hasta Sujumi, la capital abjasia, es una sucesión de exuberantes bosques naturales y selvas de edificios destrozados, apenas transitado por los todoterrenos de las organizaciones humanitarias, milicianos que aún no se han desmovilizado y míseros refugiados que cruzan la frontera para comprobar si los otros han dejado algo recuperable en sus antiguos hogares. El camino es una sucesión tal de baches provocados por la desidia, los tanques y las bombas que los coches deben salirse del asfalto para sortear los agujeros y las vacas son las verdaderas reinas de la zona.
Nuestro vehículo se ha parado en un lado de la carretera y el taxista hurga en el motor, que a cada prueba hace un ruido menos tranquilizador. Así se ha convertido en objeto de las miradas de los escasos vehículos que pasan, algunos repletos de hombres barbudos, de mirada fiera, aterradora. Decía Ryszard Kapuscinski, el maestro de periodistas polaco, que un indicio de la guerra, especialmente en el Cáucaso, es que los hombres se dejan crecer la barba. Así que puede tratarse de milicianos o de una partida de bandoleros, que abundan en estos bosques. No hay una línea que separe a unos de otros: tantos años de combate, tanta violencia, desesperación y pobreza han borrado los ideales.
Finalmente aparece Sujumi. Los veraneantes georgianos que la frecuentaban antes de la caída de la Unión Soviética la recuerdan como un idílico lugar de recreo y vacaciones. Luego comenzaron los enfrentamientos, la huida, la destrucción.
Ahora es una ciudad extraña, con antiguos edificios que recuerdan a la Costa Azul, como el Hotel San Remo, de 1914, junto a vacíos casinos conquistados por la hiedra y bloques de indudable factura soviética que se alzan sobre otros en ruinas, la mayoría. En el puerto, los restaurantes que penetran en el mar como palafitos de hormigón han sufrido la guerra y los bombardeos navales más que nadie: ahora están vacíos y ennegrecidos, poblados de fantasmas y recuerdos.
Últimamente, Sujumi se ha convertido en una suerte de Benidorm para los turistas rusos que optan por unas vacaciones menos caras que las de la vecina Sochi (Rusia) y buscan tostarse al sol turbio del mar Negro, escondido entre ligeras brumas, en este clima subtropical, caluroso y húmedo, de vegetación feraz y palmeras en primera línea de playa.
Los rusos se benefician del cambio local, en rublos, y de viejos balnearios –exclusivamente para ellos– de los tiempos en que eran utilizados por los altos cargos comunistas de la URSS. En algunos, aún cuelgan los retratos de Lenin.

26 julio 2009

Turquía, sin malos humos (El Periódico)

ANDRÉS MOURENZA
ESTAMBUL

Cuando, hace dos años, Simone Rosa entró por primera vez en el Gran Bazar y vio la nube de humo que se alzaba sobre el gentío, exclamó: «¡Pues es cierto que esta gente fuma como un turco!» Esta expresión, común en varios países europeos, está a punto de desaparecer con la restrictiva ley antitabaco que entró en vigor hace una semana.

Al Gran Bazar le llegó su hora el pasado año, con la primera fase de la ley –prohibición del tabaco en lugares de trabajo, transportes públicos y centros comerciales– y el pasado domingo le tocó el turno a los bares, restaurantes y cafeterías: a partir de ahora está prohibido fumar en todos estos recintos e incluso en las terrazas bajo ciertos tipos de sombrillas y toldos será imposible hacer uso del tabaco so pena de ser multado con 32 euros los fumadores y entre 260 y 2.600 euros los locales que lo permitan.

Ahorro en sanidad

Y es que el Gobierno turco se ha tomado muy a pecho la eliminación del humo, no solo por el ahorro que supondrá para la sanidad pública (en Turquía mueren 110.000 personas al año a causa del tabaco, por lo que se calcula que dejarán de gastarse unos 2.000 millones de euros) sino también por su intención de proyectar una imagen de Turquía más moderna y europea. «Los turistas ven nuestros restaurantes llenos de humo y se largan. No creo que se deba fumar en los sitios donde se come; de hecho los fumadores son los que más tiempo ocupan las mesas», declaró un restaurador turco al diario Radikal.

Cumplimiento a rajatabla
Aunque parezca una tarea titánica en un país donde fuman una de cada tres personas y se consumen casi 300 millones de cigarrillos al día, la ley fue cumplida a rajatabla en prácticamente la totalidad del país, explicó a este diario el doctor Toker Ergüder, de la Oficina Nacional de Control del Tabaco. Turquía ha dejado para siempre los malos humos.

Sin embargo, no todos son tan optimistas. La mañana del domingo, los tradicionales cafés –lugares donde jubilados y desempleados se juntan para jugar, charlar y fumar– amanecieron desiertos. Solo algunos consiguieron mantener a la clientela colocando las mesas en el exterior. Un día antes, Hakan, se despedía del tabaco en su café habitual y, con cierta pena, acariciaba con una mano el cigarrillo y con otra el vaso de té: «El té y el tabaco son como la mujer y el hombre, no se pueden separar así como así». A su lado, Suleyman, el camarero del local, se mostraba más tranquilo: «La gente se acostumbrará».

En ciertos restaurantes también se ha notado el efecto antitabaco. El lunes, Hasan observaba cómo pasaban de largo los clientes de su habitualmente repleta casa de comidas del barrio de oficinas de Karaköy. «Se van todos a los restaurantes con terraza, donde sí pueden fumar».

Pero quienes ven el futuro más negro son los propietarios de los salones de narguile, la pipa de agua típica de Oriente Próximo. «Nosotros no somos un restaurante, solo comercializamos el narguile. ¿De qué vamos a vivir ahora?», se pregunta Ahmet. «Por el momento, podemos sobrevivir con los narguiles en las terrazas, pero cuando llegue el invierno no sé qué sucederá», añade. Mientras tanto, en su local han comenzado a colgar carteles de un nuevo tipo de narguiles que funcionan solo con hierbas naturales y, supuestamente, no son dañinos para salud. Fumarse un narguile de tabaco equivale a la exposición a unos 100 cigarrillos.

En los bares, la situación es diferente porque nadie duda de que la gente continuará viniendo a estos lugares a divertirse. Eso sí, se está produciendo un cambio: la gente ha comenzado a preferir aquellos que tienen una salida cercana a la calle para poder salir a fumar.

Desconfianza

Al principio, los fumadores laicos, porque también en esto hay divisiones, fueron quienes más desconfiaron de la ley antitabaco y sostuvieron que era un intento del Gobierno islamista moderado para restringir el uso del alcohol (sic), porque no se puede beber raki (el anisado nacional) sin fumarse un cigarrillo; pero la realidad es que, según las encuestas, el 90% de los turcos, incluidos los fumadores, apoyan las medidas antitabaco. En la lejana población de Hasankeyif, un anciano kurdo da profundas caladas a su cigarrillo en un pequeño jardín: «Desde que lo han prohibido, hasta sabe mejor».

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ACTUALIZACIÓN: En algunos lugares han comenzado a experimentar maneras de mantener la tradición y respetar la ley, puro ingenio (gracias a Ogo por el vídeo).

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21 julio 2009

Crónica desde Gori: La sombra del georgiano de acero (El Periódico)

Foto: Plaza del Ayuntamiento de Gori, con la estatua de Stalin (Álvaro Deprit)
Andrés Mourenza

El fluorescente estropeado parpadea sobre uno de los cientos de retratos de Iosef Besarionis dze Jughashvili dando a la sala del viejo museo un aire entre siniestro y sórdido. Con la luz tenue que se filtra por las ventanas y la escasa iluminación las fotos, los objetos y los cuadros adquieren un aspecto de figuras de cera. Este palacio blanco de piedra y mármol edificado en los años cincuenta es uno de los último lugares donde se venera la figura del georgiano más famoso del siglo XX: Stalin.

«Es un personaje controvertido en Georgia», explica Nati entre las pequeñas pausas que se toma para respirar mientras recita de corrido la biografía de Stalin, hijo pródigo de Gori. Lo que quiere decir es que, por extraño que parezca a los visitantes occidentales, la figura del dirigente soviético es todavía reverenciada por los georgianos.

«Durante el Gobierno de Stalin, Georgia floreció y hubo una gran inversión en industria y cultura», se justifica la joven guía. La exposición sobre la vida del segundo líder de la URSS continúa intacta desde los años setenta, como un paréntesis del pasado. «Lo único que hemos añadido ha sido una sección sobre las purgas, porque ahora sabemos que también hubo cosas malas», añade Nati mientras señala una esquina con los retratos de Leon Trotsky y otros purgados.

Las paredes de la Stalinis Gamziri, la principal avenida de Gori, aparecen acribilladas a balazos, resultado de la ocupación de la ciudad por parte del Ejército ruso durante la guerra del pasado agosto. Entonces se dio una situación curiosa: los rusos disparaban contra la calle del que fue su líder y los georgianos, defensores de Stalin, acusaban a Rusia de represora. También en otras ciudades georgianas continúan existiendo calles, avenidas y estatuas en honor al dictador. Todas las referencias al periodo comunista han sido eliminadas, excepto las de Stalin.

Y es cierto que la relación de los georgianos con Stalin es un tanto peculiar. Shota, que trabaja como traductor de los militares de EEUU en Georgia, defiende con la misma vehemencia al presidente proestadounidense Mijeil Saakashvili y a Iosef Stalin. Ambos son vistos como personas con arrestos, paradigmas de la hombría y la georgianidad.

«No solo Stalin o Lavrenti Beria eran georgianos, también había académicos georgianos que vivían en Moscú en tiempos de la URSS y las mujeres rusas los preferían por encima de los rusos, porque nosotros somos mucho más masculinos», opina Misha. No en vano, Stalin significa en ruso hombre de acero.

Con todo, el Museo de Stalin, al que las guías de viajes consideran el mejor museo del país, no parece muy frecuentado. «Antes de la guerra venían muchos turistas, ahora ya no tantos», asegura Nati. Los georgianos tienen cosas mejores que hacer: estar atentos a cuándo cortarán el agua o se irá la corriente eléctrica, por ejemplo. Frente al museo se levanta la humilde morada de ladrillo y madera donde nació Iosef, ahora cubierta por un inmenso dosel marmóreo que lo resguarda de las inclemencias del tiempo y de la historia. Una anciana hace ejercicios bajo el monumento, buscando la sombra para protegerse del sol violento del Caúcaso.

Juicio a otros 56 acusados de la red Ergenekon (El Periódico)

El segundo juicio del macro-proceso contra la supuesta red golpista Ergenekon comenzó ayer en la prisión de Silivri de Estambul.
En total se juzga a 56 sospechosos acusados de pretender subvertir el orden constitucional de Turquía a través de la creación de una organización terrorista. A ellos que hay que sumar los 86 imputados del primer juicio en marcha desde el pasado octubre.
Lo que se esperaba con más expectación ayer en la sala de audiencias era la comparecencia de dos importantes generales: Hursit Tolon, que fue comandante del primer Ejército de tierra, y Sener Eruygur, excomandante de la gendarmería y uno de los líderes de las multitudinarias manifestaciones antigubernamentales que recorrieron Turquía en el 2007. SEGUIR LEYENDO

19 julio 2009

Georgia: tras los pasos de la guerra

Día 1 de julio. Check-Point del río Ingur. Son las cuatro de la tarde y el calor es asfixiante. Los soldados abjasios nos retienen en lo que para ellos es su frontera y para los georgianos sólo una Administrative Border Line de su tierra, una tierra ocupada por el enemigo extranjero. Un kilómetro más allá, tras cruzar el puente sobre el Ingur, comienza el territorio controlado por Tbilisi, adonde pretendemos volver.
'No hay ningún problema -nos repiten los soldados-. Sólo esperamos la llamada del Ministerio y os podréis ir'. Llevamos una hora y media en el puesto fronterizo y yo empiezo a estar preocupado. Esperábamos que ocurriese algo por el estilo, pero por alguna razón, estoy nervioso.
-Llamen al señor Shamba -les intento explicar en inglés y ellos responden haciendo gestos para que me tome la espera con calma. 'Da, da, da', dicen en ruso. El señor Shamba es el ministro de Asuntos Exteriores de la República de Abjasia, una región separatista escindida de Georgia. Esta mañana lo hemos entrevistado en su despacho de Sujumi.
Álvaro, en cambio, está más tranquilo. Sentado con la espalda sobre la chapa de un barracón que nadie utiliza ya. Dentro hay una mesa camilla para posibles urgencias militares. Tiene razón, no tenemos que ponernos nerviosos. De hecho, los soldados nos miran entre extrañados y divertidos, somos su único pasatiempo. De vez en cuando, alguna anciana intenta cruzar la frontera hacia Georgia y los soldados le niegan el paso (sólo a algunos, con ciertos permisos, les dejan pasar, a pesar de que según los acuerdos los check-points deberían estar totalmente abiertos), pero, aparte de eso y de ver vídeos en el teléfono móvil, los militares del puesto de control no tienen otra cosa que hacer. Esperar.
Finalmente, llega uno de ellos con nuestros pasaportes y nos desea buen viaje. Nos cargamos las mochilas y comenzamos a recorrer la tierra de nadie que nos separa de Georgia. Llevamos casi dos semanas de viaje por este país, las camisetas empapadas de sudor, barba de varios días, olemos mal. La noche en Sujumi ha sido de película. Dormíamos en una caseta de paredes de plástico junto a una vivienda particular que alquila camas a los escasos viajeros occidentales que se acercan hasta Abjasia. Tras conseguir adaptarme a los alambres del colchón -a eso de las cuatro de la mañana-, comenzaron a cantar los gallos de todo el barrio. Luego se callaron de repente y una tromba de agua monzónica comenzó a caer sobre la ciudad. Ya estaba bendiciendo la lluvia por hacer callar a los dichosos gallos cuando Álvaro, empapado, me despertó quejándose de una gotera sobre su cama. Se dirigió a la puerta y, allí mismo, se encontró a la señora de la casa con una palangana entre las manos cotorreando en ruso como si fuésemos sus vecinos. No habíamos terminado de arreglar las camas y colocarnos de un modo en que pudiésemos dormir sin tocar la palangana y un chorro de agua comenzó a caer también sobre mí. ¡Mierda! Por la mañana, en cuanto se terminó la entrevista, decidimos poner los pies en polvorosa. Nos quedaban los rublos justos para pagar al taxista el viaje hasta el río Ingur que, desde Ochamchira, es una carretera desolada, llena de baches y bandidos. En Sujumi no hay cajeros automáticos. 'Si necesitáis dinero, podéis ir a sacar a Sochi, en Rusia', nos dijo una funcionaria.
Cruzamos el puente del río Ingur. De vez en cuando pasan todoterrenos de las Naciones Unidas, que está liando los bártulos pues su misión aquí ya ha terminado (Rusia bloqueó la prolongación del mandato en el Consejo de Seguridad). Hemos abandonado Abjasia y sólo esperamos que los policías georgianos no nos retengan tanto como los abjasios, porque queremos llegar a Batumi (cerca de la frontera con Turquía) antes de que anochezca. Afortunadamente, los perezosos agentes de la frontera, que guardan el paso repantingados en un viejo Lada a la sombra de un árbol, apenas nos miran los pasaportes, ni siquiera intentan comenzar una discusión futbolísitica sobre el Real Madrid o el FC Barcelona. Respiramos aliviados.
Un poco antes de llegar al segundo y último puesto de control, comenzamos a escuchar a lo lejos una canción "lolololo lolololololo". Al cabo de unos minutos, nos alcanza la tartana -un pequeño carromato cubierto por una tela de plástico azul y tirado por un viejo caballo- que hace el servicio entre el puesto de control georgiano y el abjasio y se dedica a transportar a las escasas personas que se atreven a cruzar la frontera -normalmente refugiados georgianos que vuelven a Abjasia a intentar recuperar lo que ha quedado de sus casas-. El conductor de la tartana nos invita a montar para hacer los últimos metros hasta el fin de la frontera con él. Está visiblemente bebido y parece sacado de un film de Kusturica, por si la situación no es lo suficientemente surrealista. Canta para nosotros. No podemos evitar sonreír y acompañarlo en su canción: Lololololo lololololo.
Con buen humor nos montamos en el primer taxi que nos ofrece un precio razonable hasta Batumi. Conduce un mingrelio de Zugdidi, rubicundo y de pocas palabras. Fumamos contentos por haber salido del atolladero de Abjasia y, pasado Poti, comenzamos a dormir con el traquetreo del camino, seguros de que llegaremos temprano a Batumi. Sin embargo, nos despierta un frenazo del taxi.
Dos coches de policía han detenido al taxi para un control rutinario. Desde hace algunos meses la policía de Georgia disfruta de nuevos coches y sueldos de hasta 300 euros (un lujo aquí), para evitar tentaciones de la corrupción. Con sus flamantes autos, parecen felices como niños con un juguete nuevo y se dedican a detener a los vehículos con un estilo y una profesionalidad de película americana. Con buenos modales le preguntan al conductor de donde viene y adonde va. Le piden la documentación. Todo en regla. Finalmente reparan en nosotros. Tenemos pinta de extranjeros.
-¿Dónde los ha recogido? -Le preguntan al taxista. Y el buen hombre, con su sinceridad pueblerina, les responde que en la frontera con Abjasia. La hemos cagado. ¡Pasaportes!
El agente se queda estupefacto cuando observa la cantidad de sellos fronterizos que tenemos. En una semana hemos viajado por toda Georgia e incluso hemos pasado a Turquía para ver un festival taurino. 'Somos turistas', le decimos. Y, como buenos chicos, salimos del coche y nos ponemos a jugar al fútbol con una piña.
Los policías llaman a la comisaría de Poti, no saben qué hacer. Llega otro agente. Mira los pasaportes del derecho y del revés. Siguen sin saber qué hacer. Álvaro y yo procuramos mostrarnos relajados. Lo que más tememos es que registren las mochilas y vean la cámara de fotos profesional y los portátiles. O que descubran, escondido en mi mochila, un libro que me han dado los abjasios: 'Abjasia: Bases legales de la estatalidad y la soberanía'. Eso sería el fin.
Al cabo de media hora, llega un viejo Lada granate, con lo que parece un comisario y un policía que habla inglés.
-¡En buen lío os habéis metido! ¿No sabéis que no se puede ir a Abjasia?-exclama el comisario.
-¿Por qué? ¿No es parte de Georgia?
- Pero ya sabéis, está invadido por nuestros enemigos.
-Bueno... -imposto voz de buen chico- sabíamos que había problemas pero no que no se pudiese ir.
-Hay una ley que dice que tenéis que pedir un permiso especial en Tbilisi -dice el comisario. El traductor le mira extrañado y el otro le hace un gesto como diciendo: tú traduce, traduce. Sabemos que es mentira. No está prohibido ir a Abjasia, sólo es que les jode que vayan los extranjeros, así que seguimos haciéndonos los inocentones.
-Disculpen, no lo sabíamos.
-Mirad, nuestros países, España y Georgia, son países amigos. Nosotros no queremos que haya problemas entre nuestros países, pero vosotros habéis hecho algo que está muy mal. Tenéis que acompañarnos a comisaría.
El policía me ordena introducirme en el pequeño Lada granate y pide a Álvaro que se meta en el taxi y nos siga. Desde su asiento de copiloto, el comisario observa mis movimientos y los de el taxista que nos sigue. De vez en cuando se echan a un lado de la carretera y esperan, para ver cómo reaccionamos.
-Y, ¿cómo es Abjasia? -me pregunta el comisario a través del intérprete.
-Aburrida, por eso vamos a Batumi.
-¿Habéis tenido que pedir un visado para entrar?
-No -miento. Afortunadamente el visado de Abjasia se imprime en un papel aparte y lo llevo bien escondido.
-¿Cómo es la situación allá?
-Se ven muchas casas destruídas.
-Y... los rusos ¿hay muchos soldados? ¿cuántos? ¿dónde están?
Así que eso es lo que quería: información. No simpatizo con ninguno de los dos bandos y no me apetece hacer de espía. Le digo que, como no sé ni ruso ni abjasio, no podía distinguir bien de dónde era cada soldado.
Justo en ese momento llegamos a la comisaría de Poti. El comisario y su colega salen del coche con nuestros pasaportes en dirección al edificio y me dicen que me quede en el coche. 'No te muevas'.
Mientras se alejan, aprovecho para copiar el teléfono de la misión de observadores de la Unión Europea en mi móvil y poder llamar rápidamente en caso de emergencia. Pero no hace falta. El comisario sale del edificio, nos llama y nos devuelve los pasaportes. 'Por esta vez no va a pasar nada, pero no lo volváis a hacer', nos reprende con aire de padrecito bonachón.
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Han sido muchas las sensaciones: ternura, tristeza, agradecimiento, miedo, hastío, tensión... Dos semanas de viaje por Georgia (Tbilisi, Gori, Jashuri, Zestaponi, la frontera con Osetia del Sur, Poti, Abjasia, Batumi) junto al excepcional fotógrafo y compañero Álvaro Deprit. Hemos convivido con sus hospitalarias gentes -como dice el periodista y amigo Kim Amor: 'hemos comido lo que ellos comen, olido lo que ellos huelen, oído lo que escuchan y sentido lo que sienten'-; hemos visitado a los refugiados de la Guerra de Abjasia de 1993 y a los expulsados de Osetia del Sur el pasado verano; hemos patrullado junto a los guardias civiles españoles de la misión de observadores de la Unión Europea (gente admirable); hemos conversado con políticos y opositores; asistido a mítines y protestas y, sobre todo, hemos tragado mucho polvo del camino. Para todos aquellos que estén interesados en el Cáucaso y en Georgia: seguid atentamente la publicación de los reportajes que estamos preparando Álvaro y yo. Gaumarjos!
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Y para los que no puedan esperar a saber más sobre el Cáucaso. El libro electrónico y gratuito Transcaucasia Exprés sigue en el sitio de siempre, listo para vuestra lectura. DESCARGAR